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Ecología

Autorepoblación forestal de El Hocino

De forma calma pero progresiva, algunas laderas del paraje llamado El Hocino han emprendido, por su propia cuenta y mucho riesgo, una autorepoblación en su mayoría de carrascas, aunque en sus recuestos también asoman, de forma tímida e incipiente, algún que otro ejemplar de sabina.

Se encuentra este lugar entre los términos de Hontoria y madrona, lindando con el monte de Riofrío. Se caracteriza por ser liegos con colinas y oteros; de forma abrupta y escarpada se suceden formando grandes masas y bloques de piedra caliza. En los cerros y declives sólo crecían tomillos, cantuesos y otras matas olorosas así como majuelos y otras zarzas del mismo jaez. Por su parte, el encogido valle también ha decidido repoblarse una vez más. En esta cañada crecen de forma espontánea olmos o álamos negros y pergatos de fresno que continuamente, es decir, todos los veranos sin excepción, son arrasados por uno o varios incendios totalmente provocados por la memez y la insensatez de ignorantes demasiado atrevidos.

Los chaparros que ahora asoman de forma ya decidida, absorbiendo lentamente la savia de entre las rocas, aprovechando su humedad a base de adivinar sus yendas, se multiplican a pesar de la enorme resistencia que ofrece el terreno por medio de la afloración de sus raíces y también por arte y magia de la elemental bellota.

Casi con toda seguridad, las bellotas son llevadas hasta estos peñascales por las bandadas de cuervos merenderos que en estos lugares tienen sus huecos donde pernoctan. Muchas de las que ahora son encinas añosas tuvieron su origen de esta forma. Por lo cual hago desde aquí un pequeño reconocimiento a estas tristes aves, tan menospreciadas sin ton ni son, mientras cumplen papeles dentro de la naturaleza y su equilibrio, como es el de plantadoras de semillas de encinas, a pesar de vestir siempre tan de negro, porque según nos decían y decíamos de pequeños, estaban juntas, en bandada, continuamente de entierro en entierro.

De seguir esta autorepoblación, en unos cuantos años una parte de esta zona se convertiría en monte bajo, con lo que ello significa en cuanto al clima, el terreno, los pastos y en la fauna de este lugar, compuesta fundamentalmente por gran número de raposos, conejos y liebres, además de multitud de especies de aves que pululan entre este lugar y el bosque de Riofrío.

CIUDADES VEGETALES

Los montes son ciudades vegetales con una vida propia tan intensa como silenciosa. Su principal defecto es su debilidad, su indefensión ante una triste colilla, un mínimo fósforo que cualquier tonto de mala baba puede poseer, puede encender y con él aniquilar en tan sólo unas horas, muchos años de trabajo ajeno, llevando a la hecatombe a todo un entorno ecológico.

Y como estos elementos causantes de estas desgracias colectivas se niegan a desaparecer, y es mas, a estarse quietos sin preparar catástrofes, sólo cabe esperar que puedan entretenerse en meras fruslerías, tan propias de sus cabezas huecas, y se olviden de este paraje, tan sobrio como bello, y así puedan crecer en él de forma autónoma y silvestre, la vegetación y la fauna que le convertirían en un lugar especialmente rico y sublima, tal y como lo demuestran los terrenos linderos del bosque real, protegidos por el Patrimonio Nacional.

(EAS, lunes, 7 abril de 1986)

[N. del A. Según testimonio del Sr. Aurelio de la Puente, el tío Maruso le contó cómo él había conocido todo este paraje agreste de rocas y laderas cuando era un bosque de encinas, chaparros, robles y sabinas. La repoblación sería devolver a este lugar lo que siempre le ha correspondido, lo que siempre ha sido su propiedad: su vegetación].

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Un coto para cazar recuerdos

Es el de madrona uno de los escasos cotos libres, no acotados, para la caza, lo que significa que, en teoría, cualquier persona, con su respectiva licencia de armas, puede matar animalillos en estas tierras. La realidad, sin embargo, presenta una cara cuya principal característica es la desolación.

Un abismo separa estos tiempos de otros inmediatamente próximos en los que por aquí sólo cazaba quienes por naturaleza se sentía y era cazador, si es que ello existe. Por eso se explica que entonces no se consideraba como anormal ni asombroso que sobrara caza, que el ciclo vital de los animalillos siguiera su curso y un simple caminante pudiera ver, e incluso contemplar aves como palomas, codornices, patos, grajos, abubillas, torcaces, urracas, perdices y un sinfín de seres con el don de ser alados, así como otros seres también inocentes como conejos, liebres, comadrejas y otros afines, con la plena actividad que su existencia exige.

El Cazador PEDRO TEJEDOR

Hasta donde mi entender alcanza, el verdadero cazador no es, no puede ser nunca, competitivo, ambicioso, destructivo, ni cruel, si esto cabe, porque de la naturaleza con la que está en contacto no puede aprender estas actitudes que, si en el medio urbano occidental se entienden como imprescindibles, en la naturaleza resultan definitivamente devastadoras. Por eso algunas veces me parece ver por los campos la figura pequeña pero firme de Pedro Tejedor, apodado aquí Perricascas, de cuya canana pendían algunas piezas cazadas con rudimentaria escopeta, honda o incluso a mano; pero sólo las imprescindiblemente justas, porque la caza, él lo sabía, no se pudría, sino que se mantenía y se regeneraba con sólo no abusar de ella ni ser avaricioso. Si Perricascas viviera ahora le daría asco ser cazador. Por las mismas tierras que él pisaba, deambulan ahora rambos que hacen aquí su propio Vietnam, cazadores-soldados pertrechados hasta los dientes que se han quedado sin guerra, escopeteros que ponen su inteligencia a competir con la de una codorniz. Escopeteros de toda laya que se desahogan con sus escopetas disparando contra todo animalillo que se encuentran o divisan. No hay cazadores. Sólo hay sañosos escopeteros, rambos perdidos, soldados en guerra contra la naturaleza, competidores de la muerte y la desolación.

La vida ha desaparecido de estos territorios ante la impasibilidad de quienes debían impedirlo. Los liegos, ejidos, herreñales, alcaceles, oteros, recuestos, roquedales, arroyos, sotos, montes, páramos, barbechos y rastrojeras no encuentran más moradores que algún que otro pajarillo que ha podido escapar de la quema. Las licencias de caza las deberían conceder los propios animales, por su número, porque es algo verdaderamente macabro que cada perdiz, por ejemplo, sea perseguida por treinta escopetas, cuarenta y dos perros, dos incendios y veinte pesticidas o herbicidas. Todo ello por añadidura, puesto que el propio medio le tiene asignados a esta desgraciada perdiz otros tantos perseguidores en forma de alimañas, parásitos y otros animales que forma el ciclo o árbol de evolución y dependencias naturales.

El hombre, al que se le supone una superior inteligencia, podrían abandonar, u obligar al abandono, por unos años la escopeta repetidora automática, sus perros, y su ansia de cazar lo que no le es necesario y dar una oportunidad, al menos por el tiempo que necesite su recuperación, a la naturaleza y a quien por derecho propio le pertenece: sus pequeños, inofensivos y silenciosos moradores. El resto de las personas no tiene porqué padecer la catástrofe ecológica que propician unos cuantos. La ecología necesita más que nadie que se profundice y se ejerza el sistema democrático.

(EAS, viernes 10 de octubre de 1986)

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