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Ecología

El Soto, milenario en generosidad I

De entre todos los seres vivos, los árboles son de los pocos que poseen la capacidad para ostentar una belleza tan sublime y, al mismo tiempo contribuir de una forma tan decisiva al mantenimiento del equilibrio en la vida natural. Los árboles trasforman el suelo aportándole substratos que le hacen más fértil; intervienen sobre el clima atrayendo lluvias y reservando la humedad; evitan la erosión de la tierra por otros agentes naturales coexionándola con sus raíces; sirven de sustento y protección a la práctica totalidad de animales terrestres, etc. Sin embargo, ha sido el hombre desde sus principios el más beneficiado por las innumerables necesidades que con ellos satisface, desde calentar su hogar hasta saborear sus frutos, pasando por este mismo papel impreso. La descripción de su generosidad, toda ella aprovechable por la sociedad y el mundo natural, sería tan pródiga como innecesaria. Baste con decir que existen diversas culturas que sacralizan el árbol y, no ya solamente lo protegen, sino que le rinden un culto que simboliza la adoración a la Naturaleza misma.

Pero la Naturaleza, tal vez por sabia, les ha creado extremadamente vulnerables, frágiles e indefensos, presentando un desafío constante a la racionalidad del ser humano. Los resultados de este reto no arrojan un balance del que el hombre pueda sentirse para nada orgulloso y una sola palabra lo resume: desertización.

La desertización aparece como consecuencia de incendios provocados por seres dementes, pero sueltos, plagas que no se combaten a tiempo, deforestaciones indiscriminadas, contaminación por fábricas e industrias de todo tipo y ausencia de repoblaciones con las especies genuinas y autóctonas de cada lugar. El desierto va avanzando ante la actitud de cierta pasividad e insensibilidad ante este problema no sólo de los gobernantes, sino también de la gran parte de los gobernados. Pero la misma Naturaleza se encarga de que estos hechos no queden impunes y va pasando una gran factura que todos pagamos padeciendo sequías, malas cosechas, deshidratación de las tierras, cambios de climas y desaparición progresiva de la fauna y flora en grandes extensiones de nuestro país.

Ciñéndonos al caso que nos ocupa, podemos decir que, en su pequeñez, Madrona aun disfruta del privilegio de conservar un hermoso soto. En el atlas de Pascual Madoz de 1850 se le hace la siguiente y breve referencia: <<… un hermoso soto poblado de fresnos y negrillos y algunos otros prados aunque sin tanto arbolado, que suministran abundantes pastos para toda clase de ganados…>>. Este soto, junto con los otros prados que conforman la llamada Dehesa Boyal, están inscritos en el Registro de la Propiedad de este partido con fecha de 22 de mayo de 1865, a los folios 58 al 83, fincas números 25 al 33, inscripciones, en el libro primero del Ayuntamiento de Madrona (en la actualidad estos documentos se encuentran el Ayuntamiento de Segovia por haber pasado a ser madrona un barrio de este municipio).

La descripción superficial de estos sotos y prados es la que sigue, tal y como están inscritos en el mencionado registro: << Sotos: La Grajera, con 50 hectáreas. Herreros, con 6 hectáreas y 32 áreas. Prados: Canalizo, con 4 hectáreas y 14 áreas. La Mancha y Prado del Pueblo, con 15 hectáreas; Pozuelo, con una hectárea y ocho áreas. Plantío viejo, con ___ hectáreas y otro Prado al Camino de Riofrío con cuatro hectáreas.

(EAS, viernes 17 de julio de 1987)

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El Soto, milenario en generosidad II

Con todas las distancias que se quieran señalar, Madrona no se concibe sin su soto de modo parecido a como Madrid tampoco se puede entender sin su Retiro o Casa de Campo. Lugar de retiro, paseo, esparcimiento, práctica de deportes –hasta hace poco incluso de pesca y de baños-, comidas, fiestas campestres y un largo etcétera de actividades más que no cesan de aumentar. En la actualidad está siendo rodeado por chalets construidos por gentes anteriormente ajenas al lugar por el que se ven atraídas por la llamada de este genuino espacio verde.

¿QUÉ DA EL SOTO?

Aparte de estas característica meramente lúdicas, los habitantes de este barrio vienen aprovechándose desde hace siglos de otras explotaciones tradicionales propias de un lugar como éste. Su subsuelo es rico en bolsas de agua y próximas a la arboleda se cultivan varias huertas regadas por el abundante aguan limpia de sus pozos. Pastos verdes en todas las épocas del año, aun en las temporadas de gran sequía; leña de fresnos y negrillos de la que después hablaremos, una gran variedad de setas y hongos comestibles entre los que destacan la seta de cardo, la inverniza, champiñón, pucheretes y la apreciada almenilla, aquí conocida también con el nombre de mangarria; corujas (pimpollos) y berros en algunas de sus fuentes y arroyos. Hasta la aparición de la contaminación y la sequía también se obtenía de sus dos ríos y arroyos abundante pesca menuda, siendo el cangrejo de río el más codiciado –las pandas de chicuelos íbamos a pescar todas las tardes del verano llenando juncos de peces, ancas de ranas y bolsas de cangrejos que después vendíamos porque en casa ya estábamos hartos…). Caza menor: conejos, liebres, codornices, palomas torcaces, tórtolas, perdices y otras aves; frutos silvestres que ahora están de moda como zarzamoras, manjoletas (majuelas) andrinicas (endrinas), acederas, cardillos…. Tampoco podemos olvidar al silencioso e indefenso caracol, que encuentra en esta zona un hábitat idóneo. Mimbres y gardaveras (bardagueras) para elaborar productos de cestería; plantas olorosas como el té de camino y hasta rosas peonías (de Alejandría en el original) que nacen de forma silvestre todas las primaveras.

Todo ello en contraste con lo mucho menos que aportan los otros prados sin árboles, sin esta vegetación y sin este propio microclima del soto. De ahí la importancia justamente merecida que se les daba a éstos al principio de este escrito. Lo que parece más difícil de entender es porqué nunca se ha llevado a cabo una repoblación de fresnos en los otros prados citados, toda vez que se multiplicaría su aprovechamiento. El terreno es el ideal para este tipo de árbol y su mantenimiento no sería nada costos. Sin embargo nadie hasta ahora ha emprendido, ni siquiera propuesto, una tarea que tantos bienes aportaría para todos, especialmente para los ganaderos. La dispone de fondos propios que nunca ha empleado para este fin.

LA TRADICIÓN DEL REPARTO (SUERTES) DE LEÑA

Aunque de los pastos que produce el soto únicamente se aprovechan los ganaderos, no ocurre lo mismo con la leña que de forma periódica se extrae de los fresnos, que se reparte entre todos los vecinos por medio de las llamadas `suertes´ del soto. Es el nombre que designa un cupo de unas ocho o diez cabezas de fresnos a los que seles cortan todas sus ramas. Es como un corte de pelo al cero para que después éste crezca más vigoroso, pero en las cabezas de los fresnos. El llamarlo suerte viene de que cada vecino extrae el azar una papeleta con u número, al cual están asignados un número concreto de cabezas de fresno. Aunque las suertes suelen estar muy equilibradas entre sí, puede haber alguna con más leña o que se corte mejor o que esté libre de espinos, etc. Cada vecino tiene derecho a una única suerte, que suele llenar un remolque de leña o, en el mejor de los casos, dos, de palos aptos para la lumbre o la calefacción, ya que con la leña menuda, llamada chasca, se la convierte en cisco o, simplemente se la quema.

Los fresnos pueden ser afeitados cada unos cinco años y el reparto lo realiza la Junta de la Dehesa en el mes de noviembre. Cada año se elige la zona del soto que tiene más leña y así raro es el año que no se reparten suertes. En la actualidad esta tradición ha cobrado cierto carácter festivo y constituyen un motivo para las relaciones y el intercambio social. Hasta que se acaba de cortar la leña y tenerla lista para llevar, el soto se ve habitado por personas de todas las edades y condiciones, los vecinos de suerte intercambian meriendas, tragos de vino, cigarrillo, piedras de afilar, parrafadas y todas clases de ayudas que puedan necesitar unos de otros.

Debido al aumento de habitantes y como gesto de generosidad por parte de la Junta de la Dehesa, todos los que tienen alguna casa en el barrio, sean o no vecinos, también pueden extraer su número de la suerte y cortar la leña que les corresponda. Y así lo hacen.

ADIOS A LOS NEGRILLOS

Hasta hace unos años, los álamos negros constituían una parte importante de la flora del soto, pero en la actualidad han desaparecido por obra y gracia de la grafiosis, enfermedad imparable del olmo que avanza inexorable como plaga en todo el mundo y que, con toda seguridad, acabará con esta especie en nuestro planeta.

En el soto de Madrona no queda ya ninguno con vida y gran parte de ellos han sido talados evitándose así el desagradable espectáculo de esta desolación. Pero tampoco se ha tomado decisión alguna encaminada a paliar esta importante pérdida mediante la sustitución de éstos por nuevos fresnos, olmo de bola u otras especies que puedan beneficiar este espacio y evitar las calvas que cada vez son más extensas, ya que tampoco los fresnos que enferman y desaparecen son sustituidos.

El cuidado de nuestros sotos y prados, su protección, no se puede limitar solamente a reparar las alambradas rotas sino que se hace del todo necesario atender preferentemente a su arbolado donde éste exista, a crearlo donde no lo haya y a repoblar los prados y zonas vacías. Las diferencias entre unas y otras están a la vista y son motivo suficiente como para plantear una actividad como ésta y realizarla progresivamente, porque nada hay tan generoso como los árboles.

En nuestros días, además de los peligros que se derivan de este tipo de desarrollismo, hay que añadir el progresivo desinterés de los particulares por las cosas públicas, pero éste se puede combatir mejor que aquél y en nuestras manos está el poder legar a los que nos releven esta tradición basada en una gran obra de arte natural corregida y aumentada. El desafío está ahí, en el soto y en los prados.

(EAS, jueves 30 de julio de 1987)

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