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Ecología

Misterios presentes y aventuras ausentes en nuestras cuevas

Arropando los valles de El Simarrón, rocas alineadas de dimensiones ciclópeas se yerguen inmutables, milenarias, silenciosas, esculturales; ocultando secretos, callando historias, Águilas, alcotanes, cuervos y otros de la fauna alada menuda encuentran refugio seguro y su hábitat en sus huecos y rugosidades. Tomillos, cantuesos y algunas sabinas todavía extraen la sabia de entre sus yendas. Pero se sabe que no es esta la única vida que abrigan; sus entrañas no están muertas porque por ellas corren aguas y aires.

A veces responden en algunas lastras con un alargado sonido a hueco cuando se les provoca con el impacto de una piedra o con el pie mismo. Y es entonces cuando la imaginación ose pone en marcha adivinando grandes galerías, corredores, bóvedas de piedra caliza que albergan un silencio, roto sólo por los sonidos de los jugueteos de las aguas en sus recorridos a través de caprichosos cauces, puliendo rocas lentamente, en un tiempo de dimensiones siderales.

Nadie ha podido saber con certeza qué contienen las entrañas hinchadas de La Lastra. Aquí todos saben que están huecas, que dejan pasar ríos de agua pura procedente de la sierra, que existen algunas entradas angostas en el Simarrón tan estrechas que impiden el paso. Todos afirman que sus interiores son todo un mundo de cuevas, lagos, laberintos... y que tal vez estén adornadas con estalagmitas, estalactitas, rocas de colores, figuras, composiciones de imaginación imposible y toda suerte de antojos de la Naturaleza.

Todos lo piensan pero aun está pendiente el que alguien se adentre para descubrir un mundo del que sólo hay indicios, algunas pistas ciertas. Porque ya se han producido algunos hundimientos que han dejado al descubierto bocas oscuras, entradas a galerías. Tras alguna bajada esporádica y sin adentrarse en las cuevas se procedió a cegarlas para evitar caídas y otros riesgos.

Tal vez también por el miedo nunca se han intentado aventuras espeleológicas de forma seria, que llegaran a desvelarnos un poco de ese mundo que aun permanece en el silencio y la oscuridad de las entrañas de las lastras calizas, aunque no en el olvido.

(EAS, 10 de octubre de 1988)

...árboles para la vida...

Leña al girasol

Las plantaciones de girasoles conocen cada año una plaga peculiar que incide sobre ellos especialmente los fines de semana. Pandas de alevines, y también otros que ya comen pan con corteza desde hace la intemerata, llegan hasta los sembrados mayoritariamente en bici, algunos ya en moto y otros incluso de a peón, toman al asalto la plantación para, con la mejor intención del mundo, apañar un girasol que sirva de entretenimiento personal. La extracción de las pipas de sus celdillas y su posterior y rápida ingestión, con escupitajo de cáscaras, vainas o mondas incluido, a la vera de un camino, a la rivera de un río o en cualquier otro lugar a cobijo, escogido al buen tuntún, es una ocupación singular y placentera donde las haya, un deporte nacional de mandíbula batiente y con costes igual a cero.

Las tierras de girasoles hacen crecer a miles de ellos y estos antojos no serían de destacar si no fuera por una particularidad que ya es una cuestión de modales, de saber estar. Cuando se va a zarzamoras, por ejemplo, cada cual va cogiendo las más maduras y se las zampan en el acto, casi a voleo. El avistamiento posterior de un ejemplar más grande, que llama irremediablemente la atención, no hace que se desprecie la anterior, que va al gañote directamente, dejando paso libre a la mayor que está en camino, con lo cual no se desperdicia nada y todo queda en casa. Pero en la caza del girasol, por ley natural, no ocurre otro tanto (no puede uno vendimiarse girasoles cual picotas, cual aceitunas) y estos chaveas se agencian un girasol pero, en viendo otro mayor, descartan el guillotinado, lo arrojan al suelo y así sucesivamente hasta que encuentran el de su agrado. Cuando llega el agricultor a la tierra se encuentra con una escabechina, y unas desparrameras de bigote, todo lo cual le lleva a profundas meditaciones acerca de las familias de los rapazuelos en cuestión. Y con toda la razón del mundo. Algunos piensan que lo que se cría en el campo es de libre disposición y todo ello debido a una educación elemental muy defectuosa, muy mísera, muy sensible al bandidaje y a la destrucción. Y claro, como tantas y tantas veces, lo tienen que pagar quienes tienen el sueldo a la intemperie.

(EAS, 10 de octubre de 1988)

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