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* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías *

Algunos personajes

Este es un género que, sin saber bien los motivos,  no he cultivado en la medida de las posiblidades que ofrecía la situación. Tan solo he publicado dos de estas cuatro semblanzas. Se me han quedado en el tintero muchos otros nombres que se convierten en personajes por la existencia tan peculiar que han tenido.

1. Aurelio de la Puente
2. Lauro Ayuso de la Calle
3. Justo Matías
4. Antonio Rincón

...árboles para la vida...

Aurelio de la Puente. Homenaje a un hombre y a una vida.

De todos es conocido que la realidad supera con mucho a la ficción, del mismo modo que la llamada por Unamuno infrahistoria supera a la misma historia escrita y dibujada en colorines. El hombre que hoy traemos a estas páginas tiene una existencia con la que el mismo Miguel Delibes, escritor especializado en personajes castellanos, se vería desbordado a l ahora de novelarla en varios volúmenes. Se trata del señor Aurelio de la Puente, nacido en el año 1902; 87 años sobre sus espaldas que no han conseguido mermarlas fas facultades de su cabeza a la hora de razonar y recordar con exactitud, si bien el cuerpo, como a cada quisque, le juega sus malas pasadas; golpes bajos que sin embargo no le impiden fumarse a diario sus buenos farias.

En las recientes fiestas, después de la misa mayor, ha sido protagonista de un acto cargado de emoción: el homenaje de todo el pueblo a las personas de mayor edad sin distingos de ninguna clase. Consiste en la entrega de una placa conmemorativa y la dedicación de unas palabras de gratitud, consideración y cariño, seguidas de un vino español bien compartido en armonía con familiares y vecinos.

El señor Aurelio o el tío Aurelio, como se quiera, ha vivido tiempos duros como los demás, pero él contaba con desventajas de peso: el no poseer tierra propia para labrar y el tener que sacar adelante a una familia de doce miembros: ocho hijos, dos sobrinas y el mismo matrimonio. Sólo disponía, pues, de la fuerza de su cuerpo y del ingenio de su mente. A ambos les puso a trabajar sin descanso en las mil tareas que llegaban con el tiempo y sus estaciones: zagal, pastor, yegüero, vaquero, gorrinero, hacedor de pozos, artesano de aperos para el ganado como colleras, coyundas y otras. Construyó su propia calera, es decir un gran horno de piedra dura para calcinar, para convertir en cal otras piedras calizas seleccionadas y transportadas por él. De forma completamente artesana obtenía grandes cantidades de cal viva que vendía a constructores y particulares. Fue reconocido matarife y en el matadero del palacio de Riofrío estuvo diez años ejerciendo esta tarea en los tiempos de Alfonso XIII. Trabajó en el río extrayendo gravas y arenas y, como complemento a todo ello, practicaba la caza silenciosa a base de poner lazos a conejos y otros animales de buen comer, arte en el que manifestó gran destreza e ingenio, inventando nuevos sistemas de lazos y trampas, midiendo su astucia con la de sus posibles víctimas. También inventaba, con algún fracaso que otro debido a la naturaleza del agua y a la ley de la gravedad, sistemas de riego para terrenos difíciles y así plantó árboles frutales y cultivó su propia huerta en plena lastra.

Todos los trabajos que desarrolló, que son más de los que se nombran, tienen dos características comunes: la dureza extra que imponían y, de otra parte, la independencia común a todos ellos, toda vez que nadie le imponía órdenes, ni tampoco al contrario. Trabajaba en soledad y siempre inmediato o inmerso en pleno campo, en la cruda naturaleza, con sus dones y sus exigencias... "... es que para sacar adelante a la familia sin hacer daño a nadie había que inventar mucho. Pero entonces no sentía yo el trabajo...", dice el señor Aurelio.

Hoy vive apaciblemente su vejez en la casa que se construyó hace algún tiempo y con las aficiones que se pueden llevar a estos años: la familia, los paseos, unas gallinas y las tertulias a la sombra si es verano y a la solana si es invierno, que es lo suyo. Pero, además de todo ello, posee tal cantidad de recuerdos que casi le haría falta otra vida entera para poder recordarlo todo.

(EAS, miércoles, 6 de septiembre de 1989. - Con una foto que le hice al Sr. Aurelio en la Procesión del Santo Cristo de la Salud, en las fiestas de 1989).

[Nota: Me contaron la muerte del señor Aurelio, que en nada se pareció a los trabajos de su vida. Una mañana soleada desayunó como todos los días y después se dirigió a sus rutinas cotidianas. Fue a ver a sus gallinas, les abrió la puerta para que salieran a su solar, recogió los huevos y, una vez acabadas todas las tareas complementarias se sentó, como todas las mañanas, en su viejo sillón de mimbre en un resguardo del patio; allí encendió su primer farias del día mientras se dejaba templar por un cálido sol primaveral. Fue así como se quedó dormido en el sueño definitivo, al aire, al sol, en silencio, como recibiendo a una vieja amiga con la que ya ha tenido algo que ver en los tiempos de lucha continua pero que nunca la dejó que pasara de una raya que ambos conocían a la perfección, hasta ese momento tan bien elegido. Aunque nunca sepamos quien lo eligió. Así fue como se lo encontraron: sin una sola muestra de dolor, como si estuviera, un día más, plácidamente sesteando. El señor Aurelio, su imagen sentado sobre las piedras de la pared de La Mancha, donde participaba en las tertulias vespertinas, y su sentido del humor nunca les olvidaré].

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Un árbol del soto.

(A Lauro Ayuso de la Calle, mi padre)

Cada árbol de nuestro soto tiene una historia propia. Es del todo imposible conocerlas todas, pero a mí me llaman la atención las gestas de cierta clase de árboles que crecen solos y logran alcanzar una altura que sobresale visiblemente sobre las copas de los demás. Comparten suficientes elementos en común como para constituir una casta dentro de la misma especie. Yo les llamo la casta del musgo, porque tienen la piel curtida por los avatares que han superado y en ella albergan universos de vida secretos y ocultos, sólo por ellos conocidos y sentidos.

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Aunque conozco a casi todos los componentes de la casta del musgo, hay uno al que he seguido especialmente. Parte de su vida la he percibido cercana y del tramo anterior tengo anotado cuanto he podido captar. Como sus compañeros, ha crecido solo porque los ejemplares de esta casta necesitan amplios horizontes, anchos pasillos de aire y de luz, extensa tierra para transformar vida. Nació alejado de las corrientes de agua y desde pequeño hubo de soportar sobreesfuerzos diarios para asegurar el sustento de sus ramas; pasó tiempos en los que se vio obligado a extender sus raíces hacia territorios ajenos, hostiles, cruzados de sombras y de riesgos. Hubo de vérselas en otros avatares añadidos, extremos e incomprensibles, como inundaciones e incendios casi en una misma semana. Sin bajar la guardia plantó cara a la furia de vientos continentales, salió indemne de la ira de los rayos, se defendió de plagas, hachas y caprichos de leñadores y carpinteros. Como todos de la casta del musgo, es un superviviente. Al igual que ellos, la superación de todas estas acometidas le hicieron crecer y crecer, ser más fuerte y estar más preparado. Los leñadores se dieron cuenta enseguida de que los árboles de esta casta se ganan un respeto y por tanto, hay que preservarlos, atenderlos y estar a la altura de su merecimiento. Ya responderán ellos más tarde, con su ofrenda de abundante madera; de la más recia, de la más noble, de la más duradera. Es preciso dejarles solos, únicamente piden que no se les moleste mientras transforman y trasvasan las sustancias de la tierra, en una actividad constante, incansable y silenciosa, todos los días con todas sus noches. El resto es todo un compartir desde su copa todos los frutos y ahí les ves ofreciendo su madera, su cobijo en invierno, su sombra en verano, sus hojas al manto de la tierra en otoño y su gallardía todo el año.

También han disfrutado de las buenas épocas, como aquellas en las que a diario, cada minuto, seguían el crecimiento de sus semillas germinadas, o el de sus raíces afloradas a la superficie; les han visto medrar y lograr su autonomía. Objetivos cumplidos.

Esa es una de sus compensaciones pero, de quien hablo, alcanza la recompensa mayor cuando a su lado escucha contar: … de este árbol tengo yo una mesa eterna que no la cambio por nada; de éste árbol hice yo un banco indestructible…; ..elegimos el pie de este árbol para darnos nuestro primer beso…;bajo la copa de este árbol encontramos el acuerdo que nos libró del veneno de la enemistad…; …al lado de este árbol hicimos muchos y buenos tratos. Nos daba una suerte secreta y vigorosa…; …su sombra nos alivia los sudores del estío, a ella acudimos y sobre ella compartimos anhelos, conversaciones y alimentos…. Sólo quienes le conocen saben cómo sustentan su íntima dicha estos reconocimientos que para él son halagos.

A los árboles de la casta del musgo, sin embargo, se les ve ahora enredados en una contienda que a ellos, aunque nunca lo manifiesten, les debe parecer ridícula, humillante. Después de salir indemnes de enfrentamientos con gigantes, ahora se las ven y se las desean para combatir a unos seres microscópicos, invisibles, silenciosos, que se han propuesto operaciones de acoso y derribo. Y a veces hasta lo consiguen. ¿Es la grafiosis de los álamos negros?. No parece tan devastadora pero trabaja de la misma manera.

Me consta que, al igual que los majestuosos álamos negros fueron doblegados por la grafiosis, su orgullo les dicta que deberían ser vencidos no por microbios irrisorios e invisibles, sino por enemigos de su talla: gigantes que den la cara, que se les vea; por una tempestad de la que después se hablara durante muchos años; por aquel rayo que tantas veces esquivaron; puede que por la llama del mayor de los incendios; por algún cíclope de la naturaleza…. Pero la opción de determinar cada uno su propio destino tal vez esté reservada al privilegio de los dioses. Su experiencia les da para conocer esto y más, pertenecen a la tierra y de ella obtuvieron la sabiduría atesorada que ahora emplean en no perder nunca la dignidad. Ahora se les puede contemplar enfrascados en varios frentes, en lides contra adversarios invisibles, sin perder nunca su afán y ese porte de orgullo y señorío. Son de la casta del musgo, los árboles más legendarios del soto.

 (Fernando Ayuso Cañas, abril de 2000. No publicado)

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