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Viejo Mester de Pobrería

Tratamos hoy en esta sería una tradición que, venturosamente desaparecida, apenas ha dejado rastro ni aportación alguna, si bien no ha desaparecido de nuestros recuerdos y constituye, además, un elemento cuasi artístico que muchos autores incorporan a las artes, como así aparece de forma relevante en la literatura, el cine, la pintura, etc..

Esta es la secuencia de un pobre por un pueblo, un personaje real que recorrió las tierras segovianas con verdadera obstinación, rigurosamente, y que ocupa por derecho propio una página especial en nuestra memoria porque hoy, señoras y señores, hablamos nada más y nada menos que de Modesto, el pobre de pedir más auténtico y de más solera de cuantos por estas tierras vagaron. ¡Ah, el inefable Modesto!. No hay libro que pueda narrarte y cuántos de ellos se necesitarían para contar sólo un asomo de tus andanzas…

EMPEZAMOS

Hallábase entonces este país pues como siempre debe de haber estado (visto de donde partíamos y visto donde hemos llegado…), bien abastecido de pobrería, que es algo como muy vocacional aquí, a lo que hay que sumar, además, las facilidades que desinteresadamente te proporcionan por doquier. Pobres de pedir itinerantes por definición, unitarios -no están bien dos pobres a una puerta- a la deriva per seculam, sujetos de un leve hilo sobre el abismo, borrachines porque con pan y vino se anda el camino, y menos mal al vino. Con una buena y abigarrada porción de mugre; con un desarreglo profundo y generalizado; atijos donde, entre la surtida porquería, atesoran alguna prenda, alguna botella, una cantimplora picada, una cuchara sin mango, todo un seleccionado museo de piezas de y en vertedero. Una mayoría navegaba con la locura o la tontuna definitivamente agarrada al caletre, instalada de por vida, que les hacía moverse sin ningún tipo de parámetro, a lo sorduno, perdidos en la noche de los tiempos. Pero practicaban la rebeldía de defender su estatus, su independencia con uñas y dientes. En su curriculum figuraban numerosas fugas de asilos, centros de acogida como las hermanitas de los pobres y otros centros de misericordia destinados al adencentamiento de estos mendicantes, a su cuidado y, cuando menos, a "una puesta a punto" de las áreas más esenciales. Pero, insurrectos y tercos como mulas cerreras que eran, rechazaban de plano cualquier indicación al respecto, cualquier consejo sobre, por ejemplo, sentar plaza e incorporarse al siglo y sobre pasar el estéril cultivo de la melopea perpetua; cuestiones sobre el atuendo, la blasfemia, el infierno, el vagabundeo y otras… Pero como quien oye llover; que si quieres arroz Catalina. Al mínimo descuido del portero, una avispa que se dispara en ataque, una lejana y apócrifa voz que le reclama, un cigarrillo que hay que encender o más bien un despiste provocado por una sutil trampa y el pobre en cuestión repite la maniobra tantas veces practicada del patadón a la puerta, salto de verja, subida al camión de abastecimientos o, los más finos, recurriendo al disfraz de doctor, monjita o jardinero mismamente. Y es que ellos, lo tenían muy dicho, pedían pan, no techo, ni conseja, ni monserga.

Las mismas instituciones locales, incapaces de hacerse con la situación, plenamente conscientes de este mester, levantaban en cada pueblo unas construcciones llamadas pobreras, que constaban de cuatro paredes, un tejado a un agua y, a veces, una puerta. Su finalidad era la de que el pordiosero se guareciese sobre todo por la noche y tomara defensas contra una helada siberiana, un viento huracanado, una ventisca encabronada o cualquier otro hachazo del clima, que en Segovia no son pocos los que se regalan. Se encontraban estos edificios en lugares discretos a las afueras de los pueblos y cerca de caminos y carreteras. En Madrona, pueblo al que alude este relato, apenas quedan unos restos de la pobrera, que se encontraba frente a la casa de Gonzalo y Adela, en el poco bajo del prado y allí cumplió su misión hasta que se cayó de vieja y desapareció.

Modesto

Modesto, como pobre de solemnidad que era, respondía fielmente al diseño anteriormente descrito y vagabundeaba por la España cálida todos los años, sin prisa pero sin pausa, tal que si hubiera hecho promesa. Madrona era una escala más, aunque de riguroso cumplimiento, si bien nunca usaba la pobrera, "a saber quien habría dormido allí…", porque acudía a una caseta de vigilante, a un kilómetro del pueblo, en el lugar llamado Cerro de las Viñas, caseta que perdió su cometido cuando arrancaron todas las cepas, dejando el cerro como cabeza de mozo en quintas, a quién se le ocurre.

Modesto era manco, le faltaba un brazo completo, si bien en este momento se me escapa la precisión y no podría apostar en ninguna porfía, es cojonuda la cosa, con la de ratos que hemos compartido, sobre cual de las dos era sólo un muñón a ras del hombro. Siempre mantuvo el mismo aspecto, se vuelven viejos cuanto antes y en la vejez se instalan, se entregan a su cultivo, la cogen de cara y así no se llevan ningún berrinche cuando sobreviene sin avisar la arruga u otras muchas menguas que trae esa dama con la que nadie quiere bailar. Existía gran dificultad para entender sus balbuceos cuando se encontraba en estado ebrio, si bien esta circunstancia empeoraba ostensiblemente en situación de sobriedad; o lo que es lo mismo: articulaba más y mejor después de meterse al coleto unos buenos viajes de tinto de pellejo que, aun sin conservantes ni estabilizantes, a Modesto le conservaban y le sostenían sin perder excesivamente la estabilidad por las calles adornadas de baches, cantos y gorrones de la España imperial.

Pero antes de emprender este periplo recaudador recorriendo las polvorientas vías públicas, tenía Modesto por preceptiva costumbre saludar al gremio de taberneros, supervisando, entre otras cosas, las altas y bajas producidas durante su ausencia, repostando debidamente en cada local, tarea que realizaba con sumo rigor, dedicándole mucho estilo y empeño, de tal manera que, al acabar esta labor de toma en contacto, ya había gastado media mañana. Pero, ¿qué importa el tiempo para un mendigo profesional, para un vagabundo auténtico?. Para éstos el tiempo como medida no existe, mera palabrería, librados como estaban de cualquier norma horaria, de la tiranía relojera. Sólo el sol manda y sólo a él se puede desobedecer.

Terminado el rito de las libaciones, en todos los mostradores se encontraba con ronda pagada, iniciaba el capítulo limosnero. Ninguna puerta se le cerraba a Modesto en este lugar, sino todo lo contrario: llenaba bien las alforjas de víveres y de calidad; nada de pan duro ni de fiambres mohosos, rancios. Y también el bolsillo notaba nivel de moneda fraccionaria de curso legal cuyo destino era los tablones de álamo negro de los mostradores. Pedía este hombre con sencillez, sin arrastrarse pero sin orgullo, de una forma completamente natural, cada cual está dotado para una cosa, sin suplicar misericordia ni piedad, ni mucho menos compasión; sin humillar al que da, como hacen los pobres en la actualidad. Recibía raudo las mercaderías de manos de niños o mujeres con corrección y soltura, nada de atolondramiento, sin avaricia, sin molestar. Y es que la categoría, señores, no equivale afortunadamente a la posición social que se ocupa, muy al contrario, permítaseme la disquisición, representan y señalan a ésta se muestran a menudo a través de personas y situaciones que alguien poco documentado, craso error, puede tachar de despreciables así, sin más, cuando es precisamente el saber estar uno de los componentes esenciales de lo que entendemos por categoría social. Pero los hechos, que son lo más tozudo que existe y lo que al fin y al cabo prevalece, vienen a aleccionarnos en un sentido muy distinto al del embeleso fugaz de las apariencias. Gracias.

Una vez acabado el avío, Modesto se retiraba hacia los bancos de la plaza inmediatos a los bares a realizar las tareas elementales de manutención al resguardo, y a disfrutar después del atolondramiento que le sobrevenía de sobremesa y que consistía en una quietud a la solana, con acompañamiento de fumique y una especie de cante, por llamarlo de alguna manera, por lo bajini, cosa que era de agradecer por lo calamitoso que resultaban a veces sus berridos. Y allí, en esta tesitura, era objeto de saludos y preguntas por parte de la concurrencia, a la que contestaba más con la intención que con sus inalcanzables palabras. Las bromas y el cachondeín venía más por la parte de la gañanía, aunque sin escarnio, sin llegar a zaherir, que interrogaba a Modesto sobre cuestiones ya más comprometidas de lo que es el mero saludo, concernientes, por ejemplo, a su historial mujeriego y/o libidinoso, pasado, presente, futuro; condiciones, desarrollo y características; situación contemporánea, descripción de algunos matices y detalles y así en este plan. A todo lo cual contestaba el hombre del saco con afirmaciones etílicas, aspavientos, ademanes y gestos, con un a modo de servicios mínimos, toda vez que la huelga total de palabras y pronunciación había hecho añicos la ínfima prosodia de que disponía.

Pero los más pequeños también tenían su correspondiente atracción. Y es que Modesto, en los últimos años, vino con un largo tornillo de unos cinco milímetros de calibre y de rosca ancha incrustado en la canilla, a un lado de la espinilla, asomando dicho tornillo la cabeza y pare de la rosca que emergía desde una especie de cráter encallecido que rodeaba y amarraba la pieza. Y constituía un gran misterio el tornillo de Modesto por cuanto ninguna conjetura sobre el hecho alcanzaba cierta explicación mínimamente sostenible sobre las circunstancias en que llegó el tornillo a la carne mugrienta. Conjeturas sobre la forma de introducción, si a rosca o a maza, si por las buenas o por las malas, si como apuesta o como venganza, así como la razón de su permanencia ahí de por vida. Igual enigma representaba el hecho de que no causara infección alguna, purulencia, gangrena, o supuración. Modesto, el hombre, se mostraba del todo incapaz de ofrecer la más pequeña pista que despejara incógnitas y su actitud era más bien de un total pasotismo ante los escalofríos que sacudían a quien presenciaba tal acontecimiento. El se habrá ido a la tumba, a saber dónde caería ya de puro viejo, con su tornillo de más y su misterio.

La tarde se iba gastando de esta manera hasta que, ya al anochecer, Modesto hacía sus últimas incursiones en el bar con la idea de unos últimos repostajes y aprovisionamientos antes de emprender hacia el Cerro de las Viñas, ya de noche por todo el mundo, y con el calorcillo y la fuerza que da el tinto de pellejo, se subía atravesando tierras hasta llegar a su guarida, donde, arropado de su mugre y su soledad se entregaba libre de culpa a Morfeo. Los zumbidos de moscas y tábanos le despertaban al alba para catar al nuevo día y emplearle de la misma manera en otro territorio.

Así era el paso de Modesto por el pueblo, fugaz, silencioso, ligero de equipaje, imprevisto, sin echar raíces en ninguna parte, sin arregostarse al limosneo fácil, sin quemar la hacienda de la misericordia. Cuando un año dejó de venir y al siguiente también, supimos que ya no volvería a hacerlo porque nunca faltó un año de pasar. Y así fue. Moriría en acto de servicio tal vez de una helada que le cogió sin munición, sin el suficiente anticongelante por un exceso de confianza en los juegos de las estrellas. Moriría al pie del camino de una muerte no violenta, de puro viejo.

...árboles para la vida...