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* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías *

Tradiciones, usos y costumbres

El a del hornazo, cada año mejor

El hornazo es una tradición especialmente arraigada en las gentes de este lugar que se mantiene, por asombroso que parezca, sin ninguna subvención oficial. Una costumbre que sobrevive así, ella solita, merece figurar entre las primeras por su buena salud y debería, al menos, desgravar un porcentaje en la declaración de la renta, o algo.

Consiste mayormente en meterse entre pecho y espalda unas buenas raciones de viandas que van desde las conservas naturales de la matanza, hasta los asados más suculentos, pasando por un número de variedades gastronómicas que sólo el ingenio popular puede superar cada año sin que el presupuesto sea un condicionante de importancia. El hornazo, a secas, es una gran hogaza cocida en el horno repleta de tajadas, huevos, escabeches y todo lo que se le quiera inyectar. Pero también se suele llevar intendencia complementaria para dar más variedad y colorido a la "mesa".

El ágape tiene lugar en el campo y en fechas de pascua, es decir, recién salidos de cuaresma, lo cual anima y enciende al personal por encerrar algún regusto de una cierta revancha sobre la abstinencia, aunque muy gratuita en la mayoría de los casos. Se celebra siempre, cualquiera que sea la situación meteorológica del día, ya llueva o truene, pero siempre es preferible que mayee a que marzee, porque una primavera generosa potencia por ella misma la participación en fiestas y permite a sus protagonista muchas más posibilidades.

Cada panda, grupo, peña, cuadrilla, club, equipo, hatajo, escudería…. o cualquiera que sea el nombre que pretenda designar a un grupo de personas unidas por la coincidencia de sus edades, gustos o intenciones, elige su propia lugar en el campo entre un catálogo de accidentes naturales que en Madrona, por su peculiar orografía, no es pocho: lastras, cuevas, sotos arroyos, prados, montes, vegas, peñas, ríos, trincheras, fuentes, oteros, liegos, ejidos, recuestos, cimas, herreñales, cañones… y, lo mismo que en las bacanales, allí tienen lugar una serie de actividades lúdicas, deportes, tertulias, competiciones, apuestas, bromas, juegos y cualquier ejercicio que estimule y aumente la gazuza, incluidos los excluidos, para después saborear mejor las viandas. El día transcurre, pues, en un ambiente de encuentro festivo, intercambio y alegría de primavera.

Últimamente se viene observando cada vez mayor participación en estas salidas campestres, por cuanto a ellas se une gran número de personas no necesariamente nacidas en el pueblo, sino relacionadas con él o sus vecinos. Hay pandas desde los cinco años hasta de pensionistas, cada una tiene su propia organización y elige su lugar concreto y distinto. Una fiesta en fin, en la que lo más importante no son los actos ni los programas sino las propias personas. Lo demás, como debe ser, sólo son pretextos.

(EAS, 24 de abril de 1987).

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Pagar la costumbre ya no es costumbre

Pagar la costumbre es el acto por el cual un muchacho con una novia en un pueblo que no es el suyo, ha de pagar cierta cantidad de dinero que irá destinado exclusivamente a que los mozos del pueblo de la novia, con edades similares a la de ésta, se corran una juega por todo lo alto a costa del que teóricamente les quita la chica, la saca de esa panda.

Esta tradición ha mantenido en este lugar (se refiere el autor a Madrona) hasta hace quizá media docena de años. Hoy, aunque aquí ha desaparecido por completo, hay pueblos que aun la mantienen, si bien no con todo el rigor que era preceptivo en años pasados.

Sus orígenes tal vez se remonten a la época de la invasión y permanencia árabes en la península, hace más de mil año, cuya cultura mantenía y mantiene unos criterios muy peculiares sobre mujeres y mercancías. El hecho es que, como toda costumbre que se precie de tal, tenía sus propia reglas, su propio orden. Así por ejemplo, la difícil tarea de deslindar el término novia de otros conceptos que pueden designar situaciones parecidas y próximas que pueden prestarse a engaño, se consignaban de forma magistral: tenían la consideración de novios las parejas cuyas relaciones estaban confirmadas y consentidas por los padres de la novia. El momento en que el novio solicitaba a los padres de la novia su autorización o consentimiento para tener relaciones con la hija en cuestión (relaciones que aquí hay que entender como "hablar", no más….), marcaba profundamente el carácter de la relación: a partir de ahí ya eran ante la generalidad "novios formales", independientemente del resultado o fin de la relación.

Los chavales del lugar estaban perfectamente informados de todo cuanto les concernía sobre el particular, de tal manera que, una vez constatado el hecho, hablaban sobre el asunto con el forastero, le pedían "la costumbre", operación que terminaba ineludiblemente en el correspondiente desembolso de una cantidad de dinero no fija, siempre negociable, pero que bastara y aun sobrara para poder montar una buena juega etílica en los bares del lugar. El novio no podía asistir a la juerga. El que la relación acabara en santo matrimonio o no sólo era cuestión interna de los novios.

INTEGRACIÓN SOCIAL

Estos intercambios y matrimonios entre jóvenes de pueblo distintos era, pues, motivos y recursos para pasarlo bien, además de las correspondientes despedidas de soltero, de las que hablaremos en otra ocasión.

La procedencia del nombre escueto de "la costumbre" es relativamente fácil suponerla. Con toda probabilidad vendrá de la contestación que los mozos del lugar daban al novio, un tanto extrañado por la petición, -pongamos un novio capitalino o intencionadamente despistado- ¿por qué…?. Porque es la costumbre.

Este acto sería también para que el novio conociera a los jóvenes de su edad en el pueblo y se integrara en las actividades propias de éstos: juegos, deportes, apuestas y otros, de tal manera que si el novio respondía como de él se esperaba, éste quedaba totalmente integrado en el actuar social. Se le consideraba del lugar a todos los efectos y con todas las ventajas e inconvenientes que conlleva tal condición.

Es muy difícil conocer casos en los que el novio se negara a satisfacer la petición, a pagar la costumbre, pero las dificultades que acarrearía tal decisión serían demasiadas y de tal índole que no compensaría ni al bolsillo más mísero. La costumbre era un impuesto revolucionario, pero no político, de obligado cumplimiento.

TRADICIÓN MACHISTA

Esta costumbre, como tantas otras, era completamente machista. Las muchachas gozaban de toda inmunidad en este tipo de pagos. Ellas lo tenían más fácil debido a que era siempre el novio el mareado por las idas y venidas para poder ver a la novia, tal y como dice la popular jota: <<el novio dice a la novia / cuando se van a casar / tantas idas y venidas / ahora me las vas a pagar…>>. Se supone que el machismo empezaría a partir de ese momento.

TECNICISMOS

Sobre las relaciones de pareja existen en los pueblos ciertos tecnicismos, aunque quienes los manejan no saben quizá que se llamen así –que separan y matizan conceptos-. Así, la relación que acabamos de referir da a sus protagonistas categoría de "novios formales" ante la generalidad, que debe entender que la relación está consolidada, próxima a acabar en el altar, salvo extraños imprevistos o dificultades de mucha consideración, los cuales suelen ser excepciones a la norma.

"Hablar con…", se decía y se dice aun para señalar una relación tal vez no suficientemente consolidada y, por tanto, de más riesgo. Los mayores dicen: "el chico de fulano habla con la chica de mengano…". A veces también indican un noviazgo formal, dependiendo de los supuestos que se compartan en la tertulia.

"Entenderse con…", término que expresa unas relaciones adúlteras o fuera de los cauces normales y admitidos por la moralidad social. Entenderse, en este contexto, es una expresión peyorativa y un tanto contradictoria, puesto que el entendimiento entre personas siempre se ha considerado positivo. Pero el contexto y el matiz deslindan unos y otros campos semánticos.

Hasta aquí se relata lo concerniente a esta tradición, que no era, ni mucho menos, lo único que aparecía en la relación de noviazgo. Esta constituía un proceso más largo, lleno de pasos y eslabones que iban completando una cadena que terminaba en el matrimonio. De ello, por su importancia como hechos sociológicos que marcaban el desarrollo y transcurrir de una comunidad, hablaremos más adelante.

(EAS, sábado 27 de junio de 1987)

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Despedidas de soltero: de un rato a una noche

Hubo un tiempo no lejano en el que el mozo casamentero congregaba a la tropa más cercana, generalmente sus quintos, la víspera misma de su boda y, con un elemental y somero convite a presupuesto cerrado, cumplía el trámite de su despedida como buey suelto.

En este rato nocturno se cultivaba el arte del bebercio más atrevido sin soporte sólido alguno, de tal manera que la burrería tardaba bien poco en aparecer poniendo en evidente peligro cristalerías, bienes muebles, la estancia y hasta el mismo edificio. En esas, el tabernero, con la cara en ascuas por el cabreo subido a causa de tanto desmán, agarraba la tralla mulera o el astil de un pico y antes de que hubieran todos, aun calentaba el solomillo a más de uno.

Una vez consumada la suelta en tropel, el mocerío la emprendía contra propiedades, semoviente, enseres ya públicos, ya privados, en pura competición por alcanzar el mayor dislate o la guasa más sonada, como es la robar primero y revolver después en ensalada todas las persianas, o macetas, o cortinas del pueblo, amontonándolas en un corral, preparándose gran revuelo de vecinas al día siguiente tratando de encontrar la suya en concreto. O también con el juego de la sogatira, riñas y peleas incluidas. Ese mismo día bodero los mancebos, el novio también, acusaría en sus rostros y en sus cuerpos los estragos del desbarre etílico. Las fotos eran en blanco y negro.

Hoy las cosas se hace de muy distinta manera. El inminente esposo reúne a toda la gañanía justamente siete días antes del casorio para celebrar una fiesta que durará toda la noche, aunque con un desarrollo bien distinto y con un orden consabido, como dentro de un orden, con un norte y un sur. Por supuesto que la costumbre sigue siendo machuna cien por cien, para proteger la esencia del invento, para que no se disipe. Ellas, en cualquier caso, se cuidan muy mucho en no aparecer por allí mientras sigan funcionando, como funcionan, unos hermosos y disponibles pilones.

A eso de la media noche y como por arte de magia, hacen su aparición, en desfile, colmadas fuentes de asados, ensaladas, fiambres y guisotes de toma pan y moja. Nada de sopas, ni caldos, ni otras frugalidades por que la sopa, como sabe, da igual comerla que correr detrás de uno que la ha comido. Después del atracón el personal va descorchando botellas sin que falte el escocés y el champán para que en los buches vaya cogiendo el punto exacto una argamasa que, de no saberla componer, puede resultar explosiva. A medida que se va cogiendo el nivel, desaparecen grima, flemas y tontunas existenciales para dar paso a tertulias de gran facundia y soflama, una gran variedad de cantes que van desde el gregoriano hasta el argentino, pasando por el flamenco, el rock y el jazz, juegos de cinto y manotazo, conversaciones filosóficas y parafísicas, chistes, apuestas, zapatetas y rebrinques, todo ello según se desboque el ánimo de cada quisque. No falta a quién le pilla el tranvía del alcohol y se queda como el negro en el sermón, como lelo y, o bien se pone a hacer el chota, o bien toma el portante a tiempo para dormirla en su camita, pero, en cualquier caso, descantando las manifestaciones de burrería o agresividad. Aunque, si somos fieles a los hechos, esta norma tiene sus lamentables excepciones, provocadas por quienes a su falta de imaginación añaden la bestialidad que amparan en el grupo y en la noche. Gente que ya antes de la fiesta tenía perdido el rumbo y es incapaz de encontrar otro desahogo.

Ya bien avanzada la noche la comitiva en pleno toma la sabia decisión de acudir a la casa del novio donde, como estaba previsto, les aguardan con las mesas bien asistidas de bollería y pastelería para que trabe el anís y otros anticongelantes. Allí se da la vara un buen rato, se hace levantar a toda la familia, se les obliga a cantar, bailar, recitar y cualquier otro antojo propio de las circunstancias. Mientras, siempre hay alguien que aprovecha la bulla para buscar el jamón. Y lo encuentra; claro que lo encuentra, como si no supiéramos en los pueblos que en las casas siempre debe de haber un jamón curado en el sobrado…. Más o menos a votación se decide su suerte, aunque, con sus debidas excepciones, se le suele perdonar la vida, es decir, se le deja que siga perteneciendo con hueso y carne a sus anfitriones, más que nada como signo de caballerosidad.

Una vez que en casa del novio ya se han machacado bastante con la misma chunga y chirigota, se traslada la movida a casa de la novia incluso aunque sea de otro pueblo. Allí, también con variantes, se suele hacer lo mismo que en la anterior: meter bulla, reponer fuerzas y gastar bromas a los, por últimos días, novios. Cuando llega la amanecida termina la fiesta por propio desbaratamiento, caso de no haber capeas, baños generales, apuestas u otros ingenios suelen aparecer con el alba, pero los cuerpos y las cabezas ya van aguantando menos; el desgaliche vence al jeribeque y, además, hay que dejar las calles libres.

Unas semanas después los novios, familiares y amigos salen guapísimos en las fotos y en el vídeo. Todo en color.

(EAS, martes 30 de junio de 1987)

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