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Tradiciones, usos y costumbres

El mote, una mascarilla enterrada

El mote es otra de las numerosas fotografías de la España de alpargata y pandereta, fiel exponente de la llamada infrahistoria, de la historia de lo cotidiano sin sitio en los grandes tomos de historia. Los motes, en cualquier caso, no significan más que otra vejación del individuo en la inmensa mayoría de sus manifestaciones. Impuestos por los grupos más inmediatos a los que ñéste pertenece y que se comportan, como la misma persona, según lo que en cada época les enseña, según lo que se les oculta y según lo que éstos alcancen a saber por su cuenta.

Verdaderamente este es un país peculiar. La historia de sus gobernantes está repleta de sobrenombres, motes y tratamientos inventados; en un país como éste, ten entregados a bautizos con dos y tres nombres -y hasta cinco, a veces- según el santoral, los gustos de los padres, padrinos e incluso del bautista; en un país, en fin, en el que la falta de respeto hacia los derechos más elementales del individuo alcanzaba incluso el derecho al propio nombre, se ha mantenido un caldo de cultivo a través de los años que ha sido favorecido por una inercia, un interés por asignar a la persona unos determinados nombres, motes, sobrenombres y tratamientos y las instituciones otros, según convenga para que sean o parezcan ser más de lo que son o para todo lo contrario, para denigrar y que se sea más de lo que el mote dice.

EXTRAÑO ABOLENGO

No se puede afirmar que los motes constituyan un cierto abolengo de los pobres, toda vez que esta costumbre afecta a todas clases sociales, si bien los más sarcásticos, los más numerosos y extendidos se dan sobre todo entre las clases más pobres.

Efectivamente, nuestros gobernantes han sido los primeros en dar ejemplo, a su manera, de la asignación de motes o al menos ellos tampoco han escapado a esta manía. Son de todos conocidos los de El Empecinado, El Cruel, El Santo, El Sabio, El Bravo, El Emplazado, El Doliente, El Hechizado, Botella... y responde a nuestra obsesión ancestral que afectaba a todas generaciones de no poder llamar a las cosas y a las personas por sus nombres, a conocerlas por su hechos verdaderos y no por los sobrenombres que les han adscrito. Es una de tantas intoxicaciones que surten efectos peculiares. Por ejemplo, Isabel y Fernando quedan muy bien en la historia somera haciéndoles llamar los Reyes Católicos. Pero una breve lectura y reflexión sobre su historia real nos descubrirá que no se trata más que de una tomadura de pelo o, en el mejor de los casos, de una paradoja.. Podríamos recordar ahora sus métodos para conquistar territorios, su política racista, de persecución; la institucionalización de la tortura y el miedo con la creación del "Santo Oficio, la Inquisición, la expulsión de los judíos; la avaricia, el ansia de poder y dominación, la aniquilación de la cultura árabe, su peculiar concepto del matrimonio como herramienta para crear imperios... en fin, no acabaríamos nunca de describir la pureza de su catolicismo práctico. Sin embargo pasean por todos los libros de historia su matiz "católico" de sus actuaciones... para quien se lo crea, claro está.

EN LA DICTADURA

Acercándonos más a nuestro tiempo, en cualquier dictadura o régimen totalitario que analicemos veremos cómo el individuo y su voluntad está sometidos enteramente al servicio del todopoderoso Estado, -cuando en realidad es Estado quien debe estar a servicio del ciudadano-; cómo éste queda despersonalizado y convertido a la fuerza en juguete a disposición, en pensamiento, palabra y obras, del Estado. Por tanto, en nuestra época anterior la costumbre de poner motes vivió uno de sus periodos de esplendor. Los utilizaban incluso los que luchaban contra el régimen por una cuestión de clandestinidad: para huir de la acción policial. pero en este caso existe una diferencia esencial y es la de que, en esta ocasión eran los mismos interesados los que se adscribían esta mascarilla de guerra, estos "alias", con el fin anteriormente señalado. Ninguno de nuestros gobernantes, en la actualidad, se hace llamar por su mote o por su alias (sería una falta de educación)., por lo que la interpretación que lo considera como muestra cultural queda desvaída.

En la época anterior hasta el propio Jefe del Estado "lucía" sus propios sobrenombres, en forma de atributos con la particularidad de que a unos les producía verdadero pánico, terror, y a otros les exaltaba su sentimiento de unidad de destino en lo universal; a otros les daba risa y, finalmente, a otros les producía un cierto fervor en/por la gracia de Dios. Atributos como "Generalísimo" y "Caudillo" ya no figuran por suerte en nuestra Constitución. Lo qu esí parece claro es que a ningún catedrático le dará por llamarse catedratiquisismo, a un camarero "camarerísimo"; a un papa "papísimo" o a un químico "quimiquísimo"...

LAS INSTITUCIONES

Al igual que en el caso anterior las instituciones poseen ciertos tratamientos que no pueden ser considerados como motes, pero personalmente se me antoja que lo son o cosa parecida, precisamente por su falta de razón y fundamente dentro de la lógica cartesiana en la que se supone nos movemos.

Me pregunto por qué un ciudadano puede ser tratado por los demás poro el nombre de vaca, por ejemplo, y un ayuntamiento tiene el tratamiento de Muy ilustre o Ilustrísimo y una Diputación, el de Excelentísima, cuando lo más corriente es que no lleguen ni a ilustres, ni mucho menos a excelentes, sino más bien al contrario: demasiado a menudo son centros institucionales muy apropiados para el abuso de autoridad, el abuso de impuestos, corrupciones varias, despilfarros, amiguismos, absentismos, cicatería e injusticias en general. Bien, pues unas instituciones así han de ser tratadas por los demás como de ilustrísimas y excelentísimas, mientras a un ciudadano se le puede tratar sólo por su mote y nada más.

LA ACTUALIDAD

Por suerte, la democracia, en lo que a motes se refiere, ha podido acabar con esta costumbre y enterrar estas mascarillas vejatorias. Es un hecho constatado que en la mayoría de nuestros pueblos, a los individuos ya se les llama por su nombre y nunca por su mote. Los motes ya no se ponen ni se asignan a casi nadie, porque casi nadie consiente que le llamen semejantes tonterías mientras que antes el consentir era la primera consigna, pero de abajo hacia arriba y nunca al revés. Este hecho constituye un paso adelante en la recuperación de la dignidad de la persona; una dignidad que antes se perdía entre bromas y gracias que tendría que soportar aquel a quien le cayera su san Benito.

Una mayor y más extendida cultura y conciencia de uno mismo están logrando acabar casi del todo con esta manía.

OTRAS INTERPRETACIONES

Efectivamente existen más formas y más interpretaciones sobre esta costumbre, formas no tan serias ni tan peyorativas como la versión que aquí se ofrece, e incluso en este mismo periódico se hablaba hace poco más de un mes sobre el mote como una tradición cultural nada más y nada menos, aunque implícitamente reconocía el carácter denigrante del hecho al asegurar que el mote era un arma de dos filos y, decía su autor, "debemos tratar el tema con la mayor de las prevenciones. Hay familias que lo tienen a gala, o al menos lo admiten con una sonrisa. Pero también las hay que no lo admiten y se molestan infinito cuando se les nombra..." (EL ADELANTADO DE SEGOVIA, día 3 de julio de 1987)

Sea como fuere hay experiencias que llevan a conclusiones muy contrarias a estas otras formas bromísticas de explicar este fenómeno, esta costumbre ya en desuso prácticamente.

CONSIDERACIONES

Debemos añadir a lo anteriormente dicho otras consideraciones que se extraen de experiencias obtenidas de la anterior situación política, la dictadura, y cuyos motivos están en rápida desaparición. Son estas:

  • Normalmente el mote es una penosa carga que el individuo arrastra de por vida, y que se lo ha encontrado de forma gratuita y espontánea por el sólo hecho de pertenecer a un determinado grupo social.

  • Cuanto más inquietos son los individuos de ese grupo, más motes se les asigna.

  • Cuanto más baja sea la clase social a la que se pertenece, más probabilidades existen para el intercambio de motes.

  • En los medio rurales, en los de menos cultura y diferenciación es donde se dan más los motes.

  • Siendo una sociedad machista de la proceden, las mujeres recibían, paradójicamente, menos motes.

  • Los motes suelen ser vejatorios en la mayoría de los casos, porque responden a la costumbre española de sólo saber reírse de los demás: el mote es un instrumento de esa costumbre.

  • El origen y motivo de los motes suele situarse en el antojo o capricho de quien les asignaba, independientemente de su mayor o menor acierto, atendiendo a la personalidad del bautizado.

  • Los que ponían los motes solían ser personas influyentes en el grupo social, con cierto poder sobre el resto, necesario por otra parte para que el bautizo sea efectivo.

UNA MUESTRA PARA COLECCIONISTAS

La siguiente relación de nombres está recogida en un pequeño pueblo cuya población no sobrepasa las quinientas almas. Por supuesto faltan bastantes porque no están todos los que son pero sí son todos los que están y "pertenecen" a personas vivas, jóvenes y mayores, aunque, como se ha dicho antes, por suerte ya no se utilizan y gran parte de ellos están totalmente olvidados. Son estos: (en negrita los de chicas)

Abono, Abuelo, Agapito, Atasacos,

Balilla, Barbas, Besugo, Bocadillo, Botella, Bubillo, Buche,

Cabezacuadrada, Cabezamoto, Caenz, Cagasetas, Cachapolo, Caifás, Califa, Caloyo, Candiles,, Canario, Cara, Carina, Carpanta, Carravilla, Casitas, Catruchi, Caudillo, Colindra, Coja, Conejo, Cochero, Cordobés, Cornelio, Cuco, Correlindes,

Changa, Chato, Chelín, Chera, Chiva, Choto, Chovo, Chorri, Churragallinera, Churrispi, Chilo,

Danone, Demonio,

Escopeta, Esquena, Estupendo, Falete,

Feo, Filósofo, Flequillos, Foto, Fotomatón, Fred,

Gaf, Galga, Gallo, Gamo, Gamín, Garroba, Garrafa, Gavilanes, Gijas, Gorra, Gorila,

Hueso,

Jatalera, Juanbombas, Juevesanto,

Lata, Lechero, Lechuga, Lules,

Maderas, Maito, Mangante, Manazas, Maroto, Martinvilla, Mangules, Marranucho, Merino, Mete, Mico, Michelín, Mimi, Minuto, Miracielos, Modorra, Mona, Monín, Mocos, Montesinos,

Ovejamodorra, Ovejainicua, 

Pachanga, Pachín, Paisa, Panduro, Patata, Palillos, Patastorcidas, Patachula, Parro, Pelés, Perniaga, Pifa, Pirulo, Pescadilla, Pipa, Pichorrita, Pichuta, Pinto, Plinio, Poo, Pocapena, Pocilgas, Poliedro, Polo, Polisario, Porreta, Pollero,

Rana, Ranina, Rata, Ratita, Remolques, Robespierre, Rojo,

Sapo, Sardina, Semanasanta, Sena, Sesenta, Seta,

Tabique, Tete, Tiro, Titicaca, Totita, Torrezno,

Venado, Viruta, Viti,  Ventolera, Wiliams,

Yirepa,

Zorro.

Todavía se habrán quedado bastantes en el tintero, sobre todo de chicas y de personas de las generaciones más antiguas. Todos han pasado de ser nombres públicos a ser unos recuerdos que se van enterrando. Que cada cual obtenga sus propias conclusiones sobre el carácter de estos alias y motes.

(EAS, viernes, 14 de agosto de 1987)

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