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Tradiciones, usos y costumbres

La dulzaina por otros sones

Nadie va a negar a estas alturas la gran aportación que la cultura del rock ha hecho a esta segunda mitad de siglo. La industria discográfica y publicitaria apostó fuerte por este tipo de música, a veces en detrimento de otros estilos que, no por marginales, regionales, innovadores o vanguardistas, nacían con menos fuerza. Pero, como casi siempre, el tiempo va poniendo las cosas más o menos en su sitio y el turno de las manifestaciones regionales y su justa consideración hace tiempo que llegó barriendo sambenitos y falsos conceptos adjudicados a este tipo de manifestaciones como por arte de antojo. Este escrito pretende poner de manifiesto este acontecimiento y, de paso, si es posible, ampliar algún conocimiento del más genuino de nuestros instrumentos regionales.

Tanto nuestra capital como su provincia están experimentando en estos últimos años lo que cabe calificar como revolución de la dulzaina. La música de esta singular gaita ha pasado de ser algo considerado como provinciano, pueblerino, muestra de atraso, etc., a ser uno de los signos de identidad más entrañables, cultivados e incluso mimados.

En efecto, se trata de un cambio que viene gestándose desde algunos años y que no es ni más ni menos, que la germinación de una paciente semilla depositada por fin en un terreno fértil y bien abonado por los ejemplos de cuantos maestros son y han sido. En estos momentos, escuelas oficiales con su respectiva programación de sus cursos, escuelas no oficiales que trabajan en ratos robados a un tiempo que debería estar dedicado al ocio, grupos de aficionados, así como otros que van de por libre, se han tomado el asunto como un desafío personal y, poco a poco, pero con tesón, se van haciendo con escalas y pentagramas.

No son tiempos para la soflama, sino para la acción y, por tanto, tratan de conseguir que llegue el momento en que un simple soplo de aire procedente de sus entrañas se transforme en una melodía que no es más ni menos que música ancestral, sonidos capaces de hacer moverse y emocionarse a cientos de personas a un mismo tiempo. Esta es una de las recompensas; pero sólo la más inmediata. Hasta conseguirlo han dejado muchas horas en el aprendizaje, en el ensayo, a veces incluso en el desánimo, porque a menudo, las notas desbocan y se hace carrera de ellas. Sin embargo, el empeño puede siempre más porque viene impulsado por el arraigo de este sentimiento que se tiene hacia la tierra. Por eso, rara es la localidad donde falta algún profesional de la dulzaina, algún aficionado o simplemente aprendices. En nuestros pueblos acompañan a los festejos tradicionales, fiestas familiares, despedidas de soltero, desfiles, excursiones, actividades de las peñas y cuantos actos festivos se desarrollen. Pero no es sólo de puertas adentro donde se oyen los ecos de nuestras dulzainas; nuestros dulzaineros salen a otras provincias –Madrid, Valladolid, Ávila…- y allá donde sean requeridos, incluso en Estados Unidos (Feliciano y Salva).

LO REGIONAL

El tirón de la música de dulzaina ha arrastrado también pasiones por lo regional que estaban latentes: aprendizaje de nuestros bailes regionales, aumento en el uso y la exhibición de trajes típicos de la región, investigaciones sobre nuestra cultura folclórica, etc. Todo este interés, toda esta acción no ha caído en barbecho y en este sentido Segovia se ha apuntado varios tantos. Ser, proporcionalmente, quien más ediciones musicales tiene (discos, cintas, etc.), conseguir la consolidación del "Festival Internacional de Folk", con su prestigio y resonancia en constante aumento; igual afianzamiento del "Certamen de Dulzaina Agapito Marazuela" (convocatoria que reúne a los más importante profesionales y aficionados); hacer, en fin, que en cualquier acto, en cualquier convocatoria de nuestros pueblos la dulzaina sea imprescindible, como en los recitales o exhibiciones programadas por la Junta de Castilla y León., etc.

Y también se ha logrado aquello que es tal vez lo más importante: la progresiva profundización en la identificación con nuestra región, con sus símbolos y con la riqueza de su cultura folclórica. Se ha dado vuelta a la idea, se ha recuperado el verdadero concepto y ahora representa precisamente lo contrario de lo paleto en cuanto que es original y distintivo, lo regional es propio, saleroso y alegre; por eso lo regional gusta y ahora, más que ocultarlo, se muestra en libertad. Necesitamos ser de algún lugar concreto; nos gusta este aire y queremos vivir y mostrar todo cuanto no es propio. La música, por tanto, constituye uno de los pilares más sólidos para sustentar esta cultura nuestra.

LA DULZAINA, GÉNESIS Y ESCUELAS

La dulzaina procede, casi con toda seguridad, bien de la chirimia árabe, bien del oboe, bien de la flauta gallega ya que de las tres posee elementos. Simplificando las cosas podríamos decir que existen dos tipos de dulzainas: la sencilla, llamada "diátonica", que es la auténtica dulzaina que se viene usando desde el siglo XV hasta 1890. Antes se construían en peral, pero ahora se elaboran en madera de fresno. No dispone de escalas, bemoles y sostenidos y en la actualidad la emplean sobre todo los aprendices, aunque no en exclusiva, ya que no deja de ser un instrumento versátil y con capacidad de una gran variedad de sonidos. Su precio, por ofrecer un dato más, no suele sobrepasar las 15.000.- pesetas.

Sobre esta dulzaina diatónica, Ángel Velasco, del pueblo vallisoletano de Renedo, empezó añadiendo una y otra llave sucesivamente hasta que consiguió lo que es ahora la dulzaina actual llamada "cromática", que dispone de tres escalas, bemoles y sostenidos. Su precio sobrepasa las 100.000.- pesetas. Angel Velasco tuvo como alumno de este arte a Agapito Marazuela.

Lorenzo Sancho, de Carbonero el mayor, es un auténtico virtuosos en el arte de conseguir relojes artesanos de varios tamaños, incluso grandes de pared, empleando como únicos materiales maderas nobles y también algún metal. Sin embargo, su faceta más conocida es la de fabricar dulzaina; otro arte por el que se le reconoce dentro y fuera de nuestra provincia, como un gran maestro. Genio en la mente y habilidad en las manos dan como resultado estas pequeñas obras de arte que son las dulzainas.

Todos las suelen hacer en madera de ébano, pero Lorenzo Sancho, en un intento de perfeccionar más la dulzaina, las hace también en maderas de olivo, palo rosa (de importación), de encina (material más barato), ya que son maderas más hidrófilas (se empapan antes con la saliva) pasando por las maderas de boj, ébano y palo santo para llegar a la más perfecta, que se logra en madera de granadillo.

A este hombre le encargan dulzainas desde muchas provincias de España, como por ejemplo desde Valencia (la dulzaina valenciana es muy parecida o igual a la diatónica castellana) y abastece la demanda de Segovia, si bien es preciso hacer el encargo con mucha antelación, un año como mínimo.

En cuanto a las escuelas de dulzaina, las hay en Segovia, Aguilafuente, Cuéllar, Prádena, Villacastín, Carbonero el Mayor, Vallelado,, Santa María y algunos pueblos más. Estas son escuelas oficiales, pero no es el único medio para poder aprender, ya que es muy frecuente que se creen otras escuelas no oficiales que nacen pura y simplemente de la voluntad de unos aficionados que quieren compartir el aprendizaje de este instrumento. También existen escuelas en Madrid a las que acuden alumnos de origen segoviano. Incluso las mujeres no están al margen de esta pequeña revolución y también se incorporan a esta afición.

He aquí, por tanto, una tradición recobrada que ahora experimenta tal vez su época más dulce: cenit en la creación y la expansión. Disponemos ya en este momento de varias generaciones de dulzaineros profesionales, y los que vendrán.

(EAS, Suplemento Jueves; 2 de marzo de 1989. Una foto grande del grupo de dulzaineros Madrones).

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