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Tradiciones, usos y costumbres

Los lavaderos populares

Los lavaderos populares de nuestros pueblos desaparecieron rápidamente con las canalizaciones subterráneas de agua potable a partir de los años sesenta. La llegada de las máquinas lavadoras eximió a las mujeres de acudir a ellos, que no de lavar la ropa.

Madrona contaba entonces con tres de estos lavaderos construidos en las mismas calles (hubo un tiempo en que las calles no eran para pasar por ellas sino para vivir en ellas), debido a que este pueblo, en ese tiempo, disponía para este uso de acometidas canalizadas bajo el suelo por las que discurría el agua captada desde El Rastrillo.

En consecuencia, el agua se renovaba constantemente debido al copioso caudal que fluía. Las dimensiones de estos pequeños estanques o pilones daba para que aproximadamente unas seis lavanderas pudieran realizar simultáneamente sus tareas. Estaban construidos con piedras y cemento a ras del suelo, con una profundidad de unos 75 centímetros.

Uno se encontraba en la misma esquina de La Mancha, inmediato a la carretera que cruza el pueblo. Otro al principio de la calle conocida antes como Calle de los Perros, hoy del nogal, al lado del caño que aun permanece (caño de Félix). El tercero enfrente justo de la que fue casa del Sr. Aurelio. Como era de esperar, todos ellos han desaparecido sin dejar rastro, aunque todavía quedarán, ciegas y mudas, las cañerías que les abastecían.

EN PLAN ARTESANO

Las mujeres acudían a ellos con sus cestos colmados de ropa, sus tablas de lavar, sus banquillos y el jabón de cantero, todo en plan artesano. Entre fluidas conversaciones (cuatro mujeres, cinco conversaciones, decían antes) hacía a mano el proceso completo de lavar la ropa con no pocos restregones para después tenderla a secar en el césped o en las cuerdas al aire libre.

Pero los estíos, en muchos lugares de Castilla, suelen castigar con sus sequías, y era a partir de finales de agosto cuando aumentaban todavía más las penalidades para las mujeres, como si no tuviesen ya bastantes. Una vez seco El Rastrillo (el escaso caudal del río Frío se lo quedaban en el palacio para asegurar el abastecimiento propio y de la fauna principal del recinto: gamos y ciervos), a sitios más alejados como san Antolín, en bajo de las siete revueltas, en las Navas de Riofrío, o también en el Molino Viejo, sobre pasado el pueblo de Ortigosa del Monte en dirección a la misma sierra. El agua de los pozos familiares era demasiado "gorda", intensamente caliza, no hacía buen jabón y, por lo tanto, no dejaba bien limpia la ropa. Sólo en caso de apuro se usaba esta agua.

A estos sitios, a más de siete kilómetros del pueblo y bajo un sol de infierno, acudían en burros cargados con cestos rebosando ropa, nuestras madres y hermanas a dejarla como los chorros del oro y con un olor que ningún aditivo químico es capaz de parecérsele. Con el único aliciente de un trabajo bien hecho y las conversaciones entre ellas, lo demás todo era sangre, sudor y lágrimas, pero de las auténticas: insolaciones, caídas frecuentes de los pollinos, sofocones y un sinfín de episodios que hoy nadie consentiría y que ellas los superaban como heroínas de una historia que nadie ha querido escribir.

La sustitución de estos estanques y de estos trabajos brevemente descritos fue un feliz acontecimiento para ellas y para todos. Y como a los recuerdos también es bueno lavarlos, basten estas breves notas para que no mueran del todo.

 (EAS, 15-jun-1989

paraje de El Rastrillo

En este paraje nuestras madres lavaban y tendían su ropa al sol, mientras nosotros nos columpiábamos en las verjas del puente o pasábamos al siempre prohibido bosque....

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Los lavaderos de El Rastrillo, en el río Frío

El progresivo decrecer del modesto caudal del río Frío obligaba a las mujeres, no hace muchos años, a ir subiendo punto por punto río arriba con sus cestos de ropa, sus banquillos sus tablas de lavar y sus jabones de cantero hasta llegar a El Rastrillo. Un bonito rincón en el puente que divide el bosque del patrimonio nacional del término de madrona, y que se caracteriza, entre otras cosas, por su olor a tomillo y sabina. Olor que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones de lavanderas y el chapoteo de la ropa con el agua. La ropa se lavaba a mano en agua cristalina, se tendía al sol sobre la hierba y se llevaba seca a casa guardando ese olor de bosque. Todo ello con un trabajo excesivamente fatigoso para después apenas ser tenido en cuenta, tarea no considerada en su justa medida.

Cuando este pequeño caudal, también llamado chorrera, iba perdiendo la batalla contra el verano hasta llegar a desaparecer, estas mujeres debían trasladarse ocho kilómetros hacia la sierra hasta un lugar llamado San Antolín, a la búsqueda de aguas limpias y abundantes, o bien acudir a río de Ortigosa del Monte, al mismo pie de la sierra del Guadarrama, en un lugar llamado Molino Viejo. El agua de los pozos artesianos era demasiado caliza y no dejaba la ropa al gusto de los más exigentes. Se cargaban los burros con los cestos, banquillos y demás útiles y con todo el calor había de hacerse el trayecto. La consecuencia era la aparición de los llamados sofocones. También hay que señalar las muchas dificultades que surgían cuando los animales no respondían como se esperaba de ellos (caídas, escapadas…)

Pero llegó un venturoso momento en el que no quedó más remedio que rendirse a las máquinas automáticas, que ya lavaban con un agua extraída a noventa metros de profundidad y, por tanto, menos caliza. Se ganó mucho tiempo, se evitaron muchas fatigas, disgustos y sofocones; se perdieron ciertos relaciones –las tertulias y conversaciones a pie de río- porque uno de los precios más altos que las máquinas cobran, además de la dependencia, es el aislamiento social. Pero al final las ventajas inclinaron rotundamente la balanza para el lado de la automática.

Hoy dedicamos aquí esta nota a resalta este lugar por algo que no se ve, aunque algún lavadero quedará, y que es el enorme trabajo aquí depositado por las que hoy son en su mayoría, abuelas ya. El Rastrillo ahora es un punto de referencia como lugar y destino de paseo y, por lo tanto, muy visitado debido a las notas pintorescas de su entorno. Un lugar muy sencillo pero muy nuestro.

(EAS, miércoles, 19 de julio de 1989. Una foto comentada del Puente del Rastrillo

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Paseos por el Real Bosque

Pasear es un ejercicio muy nuestro, muy español, y rara se nos hace la ciudad, el pueblo o barrio que no dispone de unos itinerarios aparentes destinados o aprovechados para la que sin duda es la forma más agradable de andar.

Este barrio de madrona también dispone de buenos recorridos para esta actividad, aunque un tanto faltos de sombra. Se les llama según su punto de destino: El Rastrillo, Peñasgordas, Sto. Cristo. El Sotillo, el soto, herreros y, en genera, todos los caminos que conducen a los caseríos. Pero hoy rememoramos uno muy especial, al que muchos no han llegado a tiempo de disfrutar. El bosque de Riofrío. Se accedía por la Puerta de madrona, en la cual un cartelito advertía más que anunciaba, un horario bien elocuente: "Abierto de sol a sol". Una pequeña carretera blanca conducía hasta el palacio de los Farnesio a través de sotos de fresnos, bosques de negrillos, sabinares y montes de encinas, todos ellos habitados por un variado conjunto de animales en libertad entre los que destacan los gamos, venados, buitres, águilas y otras rapaces, así como toda la gama de aves menores. Era sin duda el paseo más bonito y bucólico de todos, con sus olores, colores, sonidos y panorámicas de postal.

Hoy ya no es posible hacerlo debido a que la mencionada puerta ha sido clausurada. Se trata al parecer , de una decisión con la que se pretende salvaguardar el equilibrio de los valores ecológicos de este microsistema, el cual se vería seriamente perjudicado en caso de habilitar esta carretera, ya que soportaría la influencia negativa y continua de coches, motos y tránsito en general. La misma idea parece haber determinado el cierre de la puerta de Revenga, con lo que ya sólo permanecen abiertas las dos opuestas de Las Navillas y Hontoria.

Pero madrona, su población, recibe la contraprestación de recibir la influencia de un lugar como éste, con su fauna, su flora, su microclima y su paisaje, todo ello para cuidar mucho y bien.

(EAS, sábado 5 de agosto de 1989)

[N.del A.: La última familia de guardas que hubo en la puerta de Madrona fue la de Bernabé, padre de Gaspar, apodado Gamo, y de Florencia. A sus hermanos les llamábamos Gamines.]

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