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Tradiciones, usos y costumbres

Torredondo. La campana de san Bartolomé

Aunque no se ve porque está derruida, esta iglesia románica de la foto ha de tener una torre de espadaña, y esta torre una sola campana, pero muy singular, porque esta campana tiene reconocidas más misiones que la de llamar a los fieles para que acudan a los oficios, anunciar bautizos o sepelios, dar las horas, tocar a rebato.... La campana de esta iglesia tiene la cualidad o misteriosa virtud de ahuyentar y despejar los peligros de las tormentas, como pueden ser las piedras, rayos, granizos, vendavales, torrentes y otros. Pero sobre todo la pedrea sobre las cosechas. La tradición dice que cuando una tormenta fuerte se hace presente, alguien del pueblo, un hombre si es que no está en el campo, ha de volverla boca arriba y en esa posición ha de permanecer hasta que se haga con la tormenta. Cuando los hombres no estaban en el pueblo, era una mujer quien se encargaba de volver esta campana. Es fácil deducir que cuando estas cosas se llevan haciendo tantos años, e incluso siglos, han de tener un porqué.

Es esta una tradición que el derrumbe ha cortado y, tanto quienes viven en Torredondo como los que hubieron de emigrar están muy preocupados porque las cosas vuelvan a su sitio, sobre todo esta pequeña y graciosa campana que tantas buenaventuras ha procurado. Ya en la crónica anterior anunciábamos la necesidad urgente de reparar la iglesia y, por supuesto, levantar la pequeña torre de espadaña. Pero hoy volvemos insistir porque seguro que hay muchas formas de hacerlo rápido o al menos correr más que la ruina.

(EAS. Miércoles, 6 de septiembre de 1989. Una foto de la iglesia románica desde el ábside)

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 La artesanía en la obtención de la cal viva

 Aurelio de la Puente, 87 años, de cuyos avatares personales hablaremos en otra ocasión, me explica clara y pacientemente el proceso que exige la obtención de una buena cal. Es largo, muy duro y requiere varios conocimientos esenciales, así como buenas dotes de maña y también, y sobre todo, de mucha capacidad para el sufrimiento.

Se empieza formando un redondel con cantos rodados, que también se cuecen, sobre el suelo del horno, para que cargue sobre éste una bóveda montada con grandes piedras. Encima de esta bóveda se colocaban piedras rajadas y escogidas hasta una altura aproximada de diez metros. Toda esta materia prima la extraía el Sr. Aurelio dando barrenos en las rocas, otro arte que hay que dominar a la perfección, dado su extremo peligro. Las partes desprendidas por la explosión se transportaban por terrenos muy difíciles de negociar hasta la misma boca del horno, bien con animales, asnos cargados con serones, bien con carretillas. Una vez bien colocadas y dejando algunos huecos para que pasaran las llamas, se procedía a colocar la leña.

El hombre que me lo explica lo hacía con chistos o rajas de pino, pero "..a él le contó el tío Maruso que, en tiempos, los alrededores de los hornos y, sobre todo, lo que son las lastras de Hontoria, fueron todo ello montes bien poblados de encinas y robles: puro monte…" En la actualidad, .lamentablemente, estas lastras están calvas, la deforestación se produjo para transformarlas en tierras de labor o de pastos y el aprovechamiento de la leña, pan para hoy y hambre para mañana.

Una vez todo preparado se encendía el fuego y debían de arder durante veinticuatro horas seguidas con buena calda, ya que para la calcinación de las piedras se requieren unas temperaturas cercanas a los novecientos grados centígrados. Durante todo este tiempo había que alimentar el fuego constantemente y no había tiempo ni lugar para dormir o descansar si se quería salvar el rendimiento de todo el inmenso trabajo que conlleva cargar un horno tan grande.

Para apagarlo se tapaba la entra inferior del horno y se dejaba enfriar dos días enteros. Una vez que desaparecía todo el calor se destapaba esa puerta, se limpiaba el suelo y se sacaba la cal a base de pico ya que se queda toda ella hecha un bloque. Era de gran calidad.

Como en el pueblo no existía de continuo una gran demanda ya que no se construía tanto como ahora, casi en su totalidad se lo vendía a una empresa de Segovia llamada "La Inmobiliaria", cuyos camiones se cargaban con esportillas.

Todo el proceso para una sola tanda duraba al menos una semana y el encañar el horno era una de las tareas que más tiempo llevaba junto con la de acercar las piedras, para la que se empleaban otros dos o tres días. Por cada hornada le pagaban al Sr. Aurelio una buena cantidad para aquel tiempo: tres mil pesetas.

A él le enseñó a hacerlo uno de la familia de los Ochoa, que también lo hacían ellos en el barrio de San Millán. Pero hace ya más de 30 años que abandonó esta actividad tan ardua y trabajosa, debido fundamentalmente a la llegada masiva del cemento como material de construcción sustitutivo de la cal viva. "El trabajo entonces no lo sentía yo", dice este hombre de 87 años y con toda probabilidad uno de los últimos artesanos que ha practicado esta actividad.

(EAS, viernes, 15 de septiembre de 1989. Una foto de una roca caliza, pero que es una trinchera de Peñas Gordas).

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