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* Plaza Mayor * Rutas Sentimentales * Pretextos * Fotografías *

Tradiciones, usos y costumbres

Caseríos

Suelen hallarse en lugares especialmente bellos: altozanos, cimas, oteros, próximos a ríos, prados, sotos o bosques. Están construidos con piedra, cal, barro, tejas viejas, maderas y otros materiales nobles. Predominan, ya a primera vista, las dependencias propias de las labores agrícolas: graneros, almacenes, pajares…, y de la ganadería. Establos, corrales, gallineros, cijas…. Son los caseríos, sólo una palabra que designa toda una existencia, una forma de vida ya prácticamente desaparecida.

Han existido siempre y cumplen una misión bien concreta: el aprovechamiento y explotación de la tierra, que aquí en Castilla se hace tremendamente extensa y con los núcleos de población muy separados entre sí, mediando entre ellos estos caseríos. Son grandes extensiones que abarcan una variada geografía: montes, prados, sotos, tierras de cereales, yermos, arroyos, ríos, pinares, etc.. Es muy común que todas las tierras que lo rodean pertenezcan a un mismo dueño, o como máximo, a algunas familias procedentes de los mismos ancestros. No han levantado castillos ni conservan el derecho de pernada, aunque el resto poco ha cambiado. Al menos en una gran parte de ellos. Viven en grandes ciudades y acuden al caserío a cazar en sus cotos con sus amigos o interesados y también a hacer las cuentas. La obra de Miguel Delibes Los santos inocentes, nos da una visión magistral en este sentido.

ORGANIZACIÓN

La organización está basada en un esquema extremadamente sencillo: el dueño delega ciertos poderes en un hombre de su confianza que recibe el nombre de encargado, mayoral o capataz, según las zonas. Éste es el responsable de organizar y supervisar el trabajo y toma decisiones de mayor o menor alcance, según las directrices del amo. Varias familias habitan el caserío, de las que sólo los hombres trabajen en él por cuenta del propietario y a los que se les asignan tareas y oficios propios de las explotaciones ganaderas y agrícolas: vaqueros, pastores, zagales, labradores, peones, etc. Todas estas familias viven de forma permanente en el caserío.

Por supuesto ya hace mucho tiempo que desaparecieron las acémilas, bestias de tiro y carga que, formando yuntas, tenía la misión de colaborar en el trabajo, que no de redimirlo. Vacas terrenas, caballos, mulos, asnos, bueyes y toros han sido barridos y sustituidos por simples tractores. Herramientas como arados, trillos, canizas, coyundas, yugos, carros e infinidad de aperos de madera han pasado a ser meras antigüedades. Ningún sector de producción experimentó mayor salto tecnológico que el de la agricultura y las consecuencias de este cambio son aun bien patéticas en los pueblecitos y, especialmente, en los caseríos.

CUESTION DE SUPERVIVENCIA

Quienes han vivido allí cuentan historias en blanco y negro y todas hacen hincapié en una tremenda contradicción: por una parte la dureza y brutalidad de las condiciones de vida y por la otra, sin embargo, la alegría que acompañaba en cada momento los quehaceres más rutinarios. Efectivamente, estos pequeños poblados carecían de los servicios más elementales y de cualquier infraestructura. El aguan había de extraerse de pozos o bien portearlo desde distanciadas fuentes. La electricidad sólo a muy última hora hizo su aparición. Ningún electrodoméstico ayudaba en las tareas de las casas, ya de por sí austeras e insalubres en muchos casos; ningún aparato para facilitar ninguna labor. Las distancias se recorrían andando o con animales y el clima, por su parte, se encargaba de añadir dificultades y dureza a la vida. La nieve podía aislar durante días el caserío y el mal tiempo hacer intransitables los caminos y veredas.

El verano, extremadamente seco y caluroso, quemaba los rostros, desgastaba los cuerpos e inundaba el aire de moscardones. Las gentes de los caseríos han aparentado siempre una edad superior a la real. En cuanto a la sanidad, era prácticamente inalcanzable; los médicos tenían dificultades para llegar a tiempo de algo y los remedios caseros eran la medicina más recurrida. Casos hay, atrás en el tiempo, de caseríos cuya población fue barrida por completo a causa de una epidemia, o diezmada por una infección. Asimismo, los muchachos en edad escolar debían recorrer largas distancias a pie para llegar a la escuela: sufrían las inclemencias del tiempo (Castilla, nueve meses de invierno y tres de infierno, dice el refrán) y sufrían en ocasiones alguna discriminación que otra.

No se puede encontrar, por tanto, ninguna nota romántica en esta clase de existencia. No se descubre el lado bueno por mucho que se le busque, no se halla ningún tipo de aliciente en estar alejados de ciudades, en pleno campo. Sólo una fuerza muy profunda influían poderosamente para tomar la decisión de quedarse a vivir en los caseríos: la de la mera supervivencia, aun en esas condiciones. Los sueldos para poco daban y la cuestión deberes y derechos cualquiera puede hacerse una idea de su descompensación.

LA CONTRAPARTIDA DE LA ALEGRÍA

A pesar de todo ello, los testimonios recogidos de los últimos pobladores de caseríos, anteriores a la mecanización, también dan cuenta de la alegría con la que se vivía entre esta precariedad, siempre relativa y distinta según los casos. Y cuando se les pregunta de dónde sacaban estos ánimos o el porqué de este optimismo no consiguen dar una respuesta razonada o encontrar un fundamento de hecho y terminan con una conclusión expeditiva: éramos así. Las largas noches de los interminables inviernos se trataban de acortar jugando a las cartas, leyendo algún periódico o también bailando o cantando al son de alguna gaita o guitarra, a modo de ejercicio de liberación.

Curiosamente, son éstos los recuerdos más arraigados, los que evocan las fiestas que se celebraban, porque los caseríos también tenían un santo patrón al que se festejaba durante uno o dos días, por lo general al final del verano; allí acudían desde los núcleos más próximos los familiares y conocidos, "… y nadie se quedaba sin cenar…" dicen ahora. Los caseríos en los veranos, al igual que en los pueblos, se sobrepoblaban con temporeros, gallegos en su mayoría, que llenaban las noches de animación: discusiones, cantes, algarabía… Era el empuje de la vida, que había de vivirse a corriente hasta que se rompiera el ciclo o círculo y cambiaran los tiempos para mejor, como finalmente ocurrió a principios de la década de los sesenta, en la que la revolución tecnológica y el éxodo a las ciudades se daban a un tiempo.

DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE

No disponemos de censos sobre los caseríos de nuestra provincia, ni de estadísticas sobre la población que habita en ellos ya que está asimilada a sus respectivos Ayuntamientos. A pesar de ello se puede afirmar con cierta fiabilidad que una mayor parte de los caseríos se encuentran deshabitados – o con un guarda a lo sumo-, y en pésimas condiciones de conservación en lo que se refiere a edificios, así como de su entorno. Una palabra resume la situación: decadencia. Testimonios de una forma de vida que no volverá porque hoy, lo que se explota del caserío, que no siempre son todas sus fuentes de producción, se hace con la nueva tecnología y suele ser a través de renteros.

También hemos constatado la existencia de otros caseríos que se apuntaron a la renovación, apostando por la modernidad que se aproxima a paso de gigante y hoy son modélicos en todas sus actividades: granjas ultramodernas, maquinaria de vanguardia, regadíos automatizados… resumiendo, comodidad y limpieza. Caseríos que disfrutan de sus piscinas, arboledas, regadíos, chalés, buenos medios de transporte… cuyos pobladores, varias familias, como antes, no cambiarían este lugar y su forma de vida por otros distintos y distantes. Pero, lamentablemente, este tipo de caseríos constituye la excepción, una muestra, una vez más, de lo que pudo haber sido y no fue.

(EAS, Suplemento Jueves, 16 de noviembre, de 1989 . Tres fotos b/n de caseríos: San Miguel de Villoslada, El Sotillo y La Rumbona, aunque este último irreconocible por su destrucción).

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