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Tradiciones, usos y costumbres

Los potros de herrar

Era una herramienta de trabajo imprescindible, de uso comunal y está presente en todos los pueblos de nuestra provincia. Es el llamado "potro de herrar": cuatro grandes pilares de granito formando un rectángulo, en uno de cuyos extremos se ha incrustado un yugo y a ambos lados sendos palos giratorios a una altura superior a la del yugo. Resultaba de gran utilidad y su uso era casi diario, aunque desaparece con la llegada de la mecanización de las tareas del campo y la consecuente desaparición de los animales con los que se realizaba todo el ciclo de la producción agraria.

La misión del potro era muy sencilla: en él se encajonaban a los animales que presentaban problemas a la hora de herrarles. Vacas, bueyes, mulos, asnos y caballos propensos al coceo del personal y díscolos a la hora de cambiar de calzado eran amarrados en el potro y sometidos irremediablemente a la disciplina de que se tratara. Porque eran varias las operaciones que allí se llevaban a cabo: un recorte de cuernos, un herraje, una cura de herida -las de asta eran muy frecuentes- o un simple esquileo en animal bravío. Era, mal comparado, como la mesa de operaciones de un hospital pero en plan veterinario.

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En este momento, y desde hace ya varias décadas, se hallan fuera de todo uso aunque no deja de ser una especie de testigo mudo y pequeño monumento que nos aporta valiosa información sobre otros tiempos, otros usos y tareas. Son de instalación muy antigua, forman parte de nuestra tradición y, por tanto, no debería consentirse su desaparición bajo ningún motivo.

Diversos condicionantes, entre los que se encuentra el factor cultural, han hecho que el de Madrona se halle en pésimas condiciones -le faltan todos los elementos de madera- aunque conserva su estructura de cuatro pilares de granito azul. Es, por tanto, recuperable. Una tarea que algún día se habrá de realizar.

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 Carnaval: día de cagaíllo y pirulí.

Aquí el día de carnaval es, sobre todo, asunto de gente menuda. Desde infantes que ya comen pan con corteza, hasta mozalbetes de a catorce años por pieza que, distribuidos según sus pandas y edades, organizan una fiesta que se pasa mitad en la calle, mitad en casa, y que consiste en lo que ahora sigue.

Después de la comida formal con la familia, los componentes de cada panda se citan en alguna plaza o calle a la que acuden puntualmente pintarrajeados y vestidos con los atuendos más dispares, fuera de catálogo, enhebrados por ellos mismos y cada cual distinto, de tal manera que cada grupo es en sí mismo un pequeño museo de cierta barbarie textil, por llamarlo de alguna manera. Una vez reunidos diseñan la hazaña de la recaudación de pasta, de dinero de bolsillo. Consiste esta actividad fiscal en ir pidiendo por las casas, por la calle y por donde haga falta. Para ello, enfrascados y camuflados en el disfraz, ponen todo el empeño; les va la fiesta en ello, en hacer el chota a base de un teatro variado e independiente: chirigotas, muecas, rebrinques, soflamas, ademanes, ruidos, gestos, zapatetas, zalemas si hace falta, en fin, una bulla de muchos decibelios. Y, una vez aflojada la tela, limpia de polvo y paja, aquí paz y después gloria; se dan el tole hasta verte Jesús mío. Así van asaltando a todo el personal siguiendo un censo particular muy fino, muy elaborado y muy preciso porque saben en cada momento quién está echando la partida, quien de paseo, quién en el campo, quiénes en casa, etc..

Una vez terminado el avío viene el recuento y distribución para invertirlo en bienes muebles con fecha de caducidad inmediata, como son los del género de golosinería y sus variantes, en cuyo arte hay verdaderos licenciados. De estos bienes darán buena cuenta en el local convenido.

Es tradición en estas tierras hacer el martes de carnal y, dentro la fiesta, como colofón, pirulís de cagaíllo. El cagaíllo no es ni más ni menos que azúcar tostado al que se le añade, cuando está líquido, piezas de cacahuetes, almendras o avellanas, dependiendo de cómo ha resultado la recaudación. Una vez bien tostado se deposita en finas cucuruchos de papel de estraza y en estos un palito que, una vez enfriados en una cazuela con agua, hará las veces de mando del pirulí en cuestión. Y es este genuino dulce, de duración prolongada para mayor placer, el que pone el final a un día o una tarde lleva de diversión. Es una tradición que cumple con creces su pretensión: reír.

 (EAS, 12 de enero de 1991)

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