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Tradiciones, usos y costumbres

Cacerías reales en el Bosque de Riofrío

El palacio de Riofrío posee un extenso bosque que linda con las tierras de labor de este término a través de varios kilómetros de valla levantada magistralmente con piedra caliza. Sus cualidades faunísticas y paisajísticas son dignas de observación.

Aun lado, las parcelas cerealístas rapadas y labradas por el hombre según las estaciones del año. Al otro, un tupido manto verde que cubre las variantes orográficas de la superficie con distintas especies arbóreas, entre las que dominan los sabinares en las empinadas lastras y oteros. Los serenos fresnos en el valle sombrean los meandros de los arroyos. Milenarias encinas resaltan por doquier como dueñas absolutas del espacio y del tiempo, repartiendo su sempiterno verde por todo el bosque, Miles de álamos negros majestuosos, impresionante, han perecido víctimas de la imparable grafiosis…

Este bosque, con su peculiar microclima, constituye un hábitat ideal para múltiples especies de aves y mamíferos y ha servido para filmar varios programas y series televisivas como es la titulada "Silencio roto", del especialista en nuestra fauna Joaquín Araujo.

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Gamos y ciervos o venados son los reyes de estos parajes de abundantes pastos donde llevan una vida tranquila a salvo de atropellos. No tan ideales para ellos fueron otros tiempos cuando este lugar servía como coto de caza para la realeza en un primer tiempo (los últimos monarcas que cazaron aquí fueron Alfonso XII y Alfonso XIII) y para el general Franco en tiempos más recientes.

Las llegadas de estos jefes de Estado a Riofrío suponían un episodio especial en la vida cotidiana de Madrona por cuanto esta actividad cinegética requería de ojeadores que acercaran las piezas hasta el punto de mira. Una serie de casetas, construidas en tiempos de esas monarquías y diseminadas por todo el bosque aun se mantienen en pie como puesto de tiro.

Para relatar cómo transcurrían estas jornadas de caza, nada mejor que el testimonio de alguien que participó en ellas. Francisco de la Calle posee nítidos y abundantes recuerdos sobre lo que fueron aquellos días, que forma parte irrenunciable de nuestra pequeña historia.

La convocatoria la hacía el celador principal del palacio unos dos días antes del día de caza, quien avisaba a unos veinticinco o treinta hombres del pueblo. Éstos debían estar en el bosque a primera hora de la mañana dispuestos para llevar a cabo las batidas correspondientes -hasta dos y tres batidas se hacían por todo el bosque-.

Algunos de ellos realizaban tareas de más confianza como eran las de ayudantes, porteadores y escopeteros de los tiradores, que solían ser personas muy allegadas al rey o al Jefe del Estado: militares, ministros, diplomáticos, empresarios…

Los batidores debían llevar su propia comida y, cuando acababa la caza, que solía acabar a media tarde, cada cual recibía su paga correspondiente que era el equivalente a un jornal de aquella época, y asunto concluido hasta la próxima ocasión.

Cada año lo normal era que se dieran uno o dos días de caza solamente o algunos años incluso tres como máximo. Los vecinos recuerdan aquí el estruendo de los disparos que llegaba hasta el pueblo incluso desde las últimas veces que vino Alfonso XIII.

Se mataban gamos y ciervos fundamentalmente y de entre ellos, eran preferidos los machos a las hembras por cuestiones de tamaño y reproducción. La gran mayoría de las piezas abatidas se destinaban a centros de carácter benéfico como asilos, hospitales, etc.

Los vecinos, por lo general, estaban siempre bien dispuestos a ir de ojeadores debido al gran ambiente que se creaba. Era un día muy especial y además no mal retribuido. El anterior Jefe de Estado fue el último en practicar esta actividad en este lugar. Hoy los tiempos que corren son otros y estos parajes están destinados a otros fines y protegidos de todo tipo de cazadores.

(6 de enero de 1992)

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